miércoles, 6 de julio de 2022

LA INCREIBLE HISTORIA DEL PROFESOR QUE SE ENCOGÍA

 


En ninguna otra circunstancia le ocurría, sólo cuando impartía su clase. Ya estaba harto de ello y de las burlas que le ocasionaban dicha anormalidad. Deprimido, se sentó a contemplar el crepúsculo vespertino y a pensar en una posible solución a su problema. Decenas de ideas se agolparon en su cabeza, mas como ninguna le satisfizo, cogió su portafolios y atravesando el atardecer regresó a su casa agotado de no saber qué urdir para aliviar su situación.

          Metió la llave en la cerradura: del otro lado ya lo esperaba Manuela, su esposa. Quien se arrojó a sus brazos con una ráfaga de besos. El mentor sintió los besuqueos como agua fresca para su alma.

          ¾¿Cómo te fue en la escuela?

          Sin ocultar sus sentimientos, contestó:

          ¾Me volvió a ocurrir.

          Manuela, acongojada ante la respuesta de su esposo, sujetando su mano, lo llevó a la sala:

          ¾Descansa mi vida, que yo sé de alguien que te curará esa maldición.

          El profesor hizo lo que su mujer le ordenaba y dejándose caer en el sofá intentó relajarse. En tanto lo hacía, Manuela le comentó de un médico en la zona de los volcanes, que decían, curaba todo mal. Esta información animó al maestro, quien exclamó:

¾¡Vamos a visitarlo de inmediato!

Se ajustaron sus abrigos. Descolgaron las llaves del auto saliendo apresurados de su casa. El auto voló hacia la zona de los volcanes, cruzando montes y montañas, vegetaciones de todo tipo, curvas y libramientos. A pesar del alto costo de las casetas, pagaban alentados que el médico prescribiera el remedio para su extraño mal.

El auto no aminoraba su galopada ni una micra. Con la noche tan cerrada el cosmos se notaba reluciente. Allá la Osa Mayor, más acá la Osa Menor; acullá la estela de la Vía Láctea: el universo en toda su plenitud.

¾¡Ya vamos a llegar!

Dijo Manuela, ante la cada vez más cercana zona de los volcanes. Que se evidenciaba con el empañamiento de los cristales. El mentor prendió la calefacción. A los lados de la carretera, sobre el pasto, las manchas de nieve se hacían notar. De repente, apareció ante sus ojos un arco con luces blancas. Más allá se escuchaba un alboroto. El auto se apeó sobre el empedrado hasta alcanzar la plaza donde la gente bailaba. Al notar el auto dejaron de hacerlo. Manuela pensó que su intromisión los había molestando y sugirió a su esposo que virara el carro. Él no hizo caso y avanzando se acercó a una pareja.

¾¡Perdone! ¿Me puede indicar cómo llego al consultorio del médico que lo cura todo?

La mujer preguntó:

 ¾¿Quién los manda?

¾Nadie, vinimos por nosotros mismos.

¾Si no vienen por nadie, regresen por donde llegaron.

Manuela, guardando su temor, habló:

¾Mire señito, si usted tuviera el problema que tiene mi esposo y me preguntara por un buen médico para curarse, yo no me negaría a decirle donde encontrarlo.

¾¿Qué es lo que tiene su marido? Manuela le contó.

¾¡Y de qué tamaño se encoje! Interrogó la mujer.

¾Más chiquito que un bebé de brazos.

¾No pues sí que está grave el asunto. Yo tenía un hermano que al igual que su esposo se achaparraba, tanto que un día sin darme cuenta lo pisé. Mire siga el camino: como a unos cien metros se encuentra el dispensario.

¾¡Gracias preciosa, que la vida te lo pague doble!

La gente abrió paso al auto. Cuando éste había recorrido ya media ruta al consultorio, nuevamente se escuchó la algarabía.

¾¡Qué pueblo más feliz! Espetó Manuela.

¾Como que tienen a un buen médico…

Una vez rodado los metros encomendados, se presentó ante ellos un modesto jacal, con una puerta angosta en la cual pendía un letrero que decía:

“Sean bienvenidos todos los enfermos

del cuerpo y del alma. Aquí serán curados”

          El maestro estacionó el auto. Apenas bajaron de éste la puerta se abrió apareciendo tras de sí un rostro moreno y sonriente.

           ¾¿Qué se les ofrece? Preguntó.

          ¾Buscamos al doctor.

          ¾Pasen por favor.

          El matrimonio entró al jacal.

          ¾¡Siéntense!

          Se acomodaron en un par de sillas toscas. El lugar estaba lleno de santos y veladoras; de cojines rojos con milagritos de plata y oro; de cristos elaborados de distintos materiales. Y en una repisa de madera la imagen de la Coatlicue tallada en piedra.

          ¾Dile lo que tienes, Patricio. Alentó Manuela.

          ¾¿Qué te ocurre buen hombre? Preguntó el médico. Patricio un tanto cohibido, contó:

          ¾Resulta que soy maestro… Y cada que doy clase me encojo. Esto me ha traído severos problemas… Ya que mis alumnos, además de no respetarme, han intentado varias veces pisarme.

          ¾¡Ah! Ya entiendo… No eres sanforizado.

          ¾¿Sanfori… qué?

          ¾Sanforizado.

          ¾¿Pero eso le ocurre sólo a la ropa de algodón?

          ¾También a los seres humanos cuando son suaves de carácter.

          ¾Ya caigo.

          ¾Seguramente la situación te achica… Si no tienes inconveniente… Te sanforizaré…

          Una vez que el médico de aquel pueblo terminó de sanforizar al profesor, éste le preguntó por su emolumento, este lo sorprendió diciéndole:

          Págame con una carta de agradecimiento a Coatlicue.

          —¿Cómo?

          —De tu puño y letra y déjala en su nichito.

          El profesor solicitó al médico pluma y papel, y agradecido como estaba le escribió a la Coatlicue una carta que le brotó del alma, con decirles que hasta lágrimas escurrieron de sus ojos. Luego, arrodillándose ante la escultura de piedra, alargó su brazo y la depositó en el nicho. Incorporándose tendió la mano al médico, el cual la sujetó:

          —En verdad no tengo palabras para expresarle mi gratitud por sus atenciones, doctor. Sepa usted que me ha liberado de una gran carga.

          —Vaya usted con Dios y no vuelva a achicarse jamás ante nadie.

          El profesor y su esposa dejaron el consultorio. Cuando volvieron a pasar ante la plaza, aún la gente bailaba y se divertía. La misma señora que los oriento como llegar al consultorio del médico milagroso, se parapetó ante el auto, preguntando:

          —¿Cómo les fue con nuestro médico?

          —¡De maravilla! Contestó Manuela.

          —Pues, me da mucho gusto por ello. Les deseo buen viaje de regreso a su casa y no me despido de ustedes porque sé que nos volveremos a ver. La camioneta avanzó hasta dejar el empedrado, cuando se alejaron de este, Manuela volteó percatándose de que en donde se encontraba el pueblo, sólo había oscuridad y una melodía de chirimía empezó a oírse en el viento.

          Al día siguiente, el profesor entró al aula a dar su clase, pero esta vez no se achicó. La sanforizada lo había curado: ya nadie volvería a intentar pisarlo.

 

LA NIÑA Y SU HIPOTENUSA

 

La sonrisa murciélago de Armando Duvalier*, apareció de pronto en mi habitación. Cargando en sus hombros a la niña y su hipotenusa (niña harina, niña de vainilla, niña de clorofila, niña brisa, niña de anilina; niña de trementina). Plantándose bajo la bombilla, comenzó a meroliquear:

 

-¡Damas y caballeros! Les presento al joven dinosaurio el 26 de agosto. ¡Saluda! Así… ahora brinca… enséñales la pata de pescado. Ponte el frack de merolico y la cresta de roja cacatúa. Camina en zancos. Cloc… cloc…cloc… ¡Eres tan ave, tan eléctrico, tan lancha! Un… dos… un… dos… Mira, aquí hay un niño floreciendo, famélico, quemado. No lo despiertes que se le hizo tarde.

 

Después de su soliloquio, me sorprendió con su canto de marimba, con sus kakekotobas, sus makurakotobas, sus tankas y con sus hai kais, y dejando a la niña y su hipotenusa sobre el sofá, lloró amargamente.

-Sí, se lo voy a contar porque estoy un poco triste:

 

Hermosa era mi novia

quemando su petróleo de taberna;

yo adoraba sus ostiones sin ombligo,

sus gatos y sus muelas,

sus fósforos de vidrio

y me alegra que se sepa: hasta sus piojos.

Sí, mi novia fue una bicicleta náutica

(sollozó desanimado):

¿Ve ésta carta con nenúfares callados

a la orilla anocheciendo de mis válvulas?

Todavía tienen agua las esponjas

y se abren las compuertas,

pero no me pregunte cuando fui zapato

porque no voy a sollozar por cualquier motocicleta.

 

Dicho esto, se alegró y comenzó a cantar:

“¡Naranja dulce, limón partido dame un abrazo que yo te pido!”…

          La niña y su hipotenusa, se incorporó del sofá y sujetando mi mano me convido bailar. En la ventana, fisgoneaba la Luna, deseosa de entrar para disfrutar también de la fiesta. Como estábamos demasiado contentos, ante nuestra desatención, la Luna, enojada, se elevó como un globo por el aire y dándonos la espalda dejó de alumbrar. Eso a nosotros nos importó un comino, y seguimos divirtiéndonos hasta que nos cansamos de tanto brincar. De repente la voz de una maribámba, marimbámbala, marimbambá resonó en mis oídos. Y él volvió a despepitar:

 

          Hermano grillo, dame tu rueda enamorada

          para dársela a los niños.

          Hermano erizo, dame tu cajita

          de música ambidextra

          para dársela a los niños.

          Hermano mirlo, dame tu estufa cornamenta

          para dársela a los niños.

          Hermano cocodrilo, dame tu sonaja cebollera

          para dársela a los niños.

          Hermano chivo, dame tu pistola con aire motorista

          para dársela a los niños.

 

          Entonces dejó de cantar. La niña y su hipotenusa, liberó mi mano y dando un salto se acomodó de nuevo en los hombros de aquel poeta. Y antes de sumergirse en la noche, recitó su despedida:

 

          Ya no escuchéis mis cantinelas tristes

          ni los cuentos que he aprendido en las tabernas;

          poned jacintos a las válvulas del vértice

          y carbón al mastuerzo de la flauta;

          ¡volad a la patria de la nube,

          del pájaro y la nieve,

          la estrella y la esperanza!

 

          Al amanecer miré a un colibrí tejiendo con hilos de aire su nidito. Entonces me trepé a mi caracol y me fui a perseguir lampos de sol en el jardín.

 

*Poeta chiapaneco contemporáneo de Rosario Castellanos.

 

 

 

JEREMÍAS EL BUENO

 

Jeremías era un hombre bueno y amable con los demás. Todos le tenían confianza, y cuando requerían de un consejo o pedirle favor, sin temor alguno acudía a él, sabiendo de antemano que éste se los concedería sin remilgo. Jeremías era feliz sabiéndose querido. Pero un día cometió algo que lo puso al filo del precipicio, y que por temor a ver enlodada su reputación, lo guardó en secreto. Mas, como se sabe, el rostro refleja lo que alma tiene, todos le preguntaban por qué si tenía sonrisa, sus ojos estaban tristes. Éste contestaba: “Anda, anda, que no me pasa nada”.

        Su esposa que era perspicaz y muy celosa, ante sus largos silencios y su poco interés por ella, le preguntó: ¿Tú me ocultas algo? Y Jeremías contestó: “Anda, anda, ya duérmete que no me pasa nada, solo estoy cansado”. Pero ante el alargado cansancio de su marido, la mujer se inquietó tanto que no aguantando más, y dura de carácter como era, lo emplazó a decirle la verdad. Jeremías, volvió a decir: “Anda, anda, que no me pasa nada mujer; y mejor estate ya tranquila”. Pero la mujer le siguió inquiriendo, hasta que sacó a Jeremías de sus casillas, y por primera vez en veinte años, se escucharon gritos en su casa, los cuales, desde el amanecer hasta la noche, fueron comentario en todo el vecindario.

-Jeremías tiene líos con su esposa.

-Al bueno de Jeremías, ya le salió lo malo.

-Dicen que Jeremías desde hace tiempo que no atiende a su mujer.

-¡Vaya con ese Jeremías, quién iba a pensar que tuviera mal humor!

La reputación tan cuidada por Jeremías estaba siendo pisoteada, y el buen samaritano no podía permitirlo. Para ello, una vez que lo hubo razonado, tomó su mochila de viaje, le metió un par de mudas, se ajustó sus botas rudas, y tras despedirse amorosamente de sus hijos ya crecidos, salió de su casa sin que hasta la fecha nadie lo volviera a ver.

        Yo me lo encontré un día en una encrucijada. Este se acercó a mí para aconsejarme enfundado en larga barba negra: “Cualquier destino que elijas, tiene el bien y el mal”. Era verdad, ya que en el camino por el cual venía yo, lo mismo me había encontrado la bondad que la avaricia; el horror que la alegría; el odio que el amor. Ningún lugar está exento de ello. Antes de partir por cualquiera de los dos caminos, nos sentamos a conversar, en una de esas, éste me contó las razones de su vagancia: “Yo era un hombre bueno, lleno de solidaridad para mis semejantes. Era un hombre apreciado y querido por todos, un samaritano que aconsejaba hasta a los más desesperados. Hasta que me enamoré de una hermosa mujer, que me exigía vivir con ella. Como yo la amaba, no quería negarme, pero el apego a mi esposa y a mis hijos era demasiado, y me sumí en contradicción y una depresión que casi me roba la vida. Cuando mi mujer, estaba a punto de enterarse por mi propia boca lo que me ocurría. Tomé la resolución de marcharme para siempre de su lado. Pues pensé: yo no tengo el derecho de herir a nadie, porque el único responsable de todo estoy soy yo. La tristeza de ambas era mucho más grande que mi propia tristeza, y para ser justo… tendría que vivir solo y así lavar mis culpas”.

        De esa manera, Jeremías, terminó su relato, y yo, como ya lo dije, que venía de un camino en el que me había topado con todo tipo de controversias y pesares, dije al consejero: regresa a tu comunidad, que ya has espiado todas tus culpas. Te lo digo yo que de tanto caminar he conocido casos como el tuyo, en los que suceden las más terribles tragedias: la esposa o el esposo furioso que mata al amante; el hombre atribulado que se quita la vida para acallar sus culpas; la amante despechada que… en fin...dramas propios de una obra de teatro… que no terminan con la inteligencia con que lo hiciste tú. Para estos momentos, tu esposa y la mujer que amaste, ya deben haber vuelto a la tranquilidad; y tal vez hasta ya estén casadas. Y te juro por mí, que cuando te vean, ningún reproche te harán, y tú comunidad que tanto te quiere y necesita, te recibirá con los brazos abiertos.

        Jeremías, frunciendo el entrecejo, despidiéndose de mí, regreso sus pasos y se alejó hasta perderse en el fondo de mi ojos. Me cuentan algunos viandantes que lo han conocido, que éste vive feliz, apreciado por su vecindario, por lo bueno, solidario y excelente consejero que sigue siendo. Que se cortó la barba… Y que contrajo matrimonio nuevamente… ¿Y con quien creen? ¡Sí! Con la mujer que él amaba

 

EL ARDID DE ZEUS

 

El barco proveniente de Grecia encalló en el puerto de Veracruz, con su cargamento de rarezas  y piezas mitológicas, que serían exhibidas en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Los museólogos que esperaban ansiosos su arribo y los tesoros, abordaron la nave para revisarlos antes de que los descargaran, para verificar que se encontraran en buenas condiciones, que el largo viaje no los hubieran estropeado.

          En cuanto Hera, curadora a cargo del proyecto, desempacó la primera reliquia, se maravilló a tal grado, que en vez de ordenar a sus colaboradores hacer lo mismo, abrió cada una de las numerosas cajas, hasta llegar a una que permanecía en lo más apartado de la bodega. Se apresuró a destaparla, y para su sorpresa encontró dentro de ella una fragante y verde lechuga, de la cual se enamoró al instante.

          Sujetó la lechuga, y sin importarle la presencia de sus colaboradores, excitada, la pasó por sus senos, sus nalgas y su vulva en un sin igual frenesí erótico, que dejó pasmados a todos.

          Después de varios orgasmos e incontrolables gritos de placer, sus ayudantes, al percatarse de sus poderes afrodisíacos, y para que Hera no pereciera de concupiscencia, le arrebataron la lechuga. Hecho esto, Hera cayó rendida al suelo y aun así seguía quejándose dulcemente. El efecto del estimulante le tardó varias horas, durante las cuales sus auxiliares desembarcaron la preciada carga.

          Cuando Hera preguntó por la lechuga, ésta misteriosamente había desaparecido de su caja. Quedó muy triste y ordenó que la encontraran a como diera lugar.

          Pasado el tiempo, Hera despertó una noche con unas ganas incontenibles de vomitar. Cuando lo hizo, sobre donde había expelido se encontraba un hermoso efebo de ojos negros y bucles rojizos. Lo tomó amorosamente con sus manos; el sol ya retozaba en la ventana, y un colibrí revoloteaba. Hera comprendió entonces: era Zeus que había llegado para conocer a su retoño.

 

MUJER DE ARTEAGA

 Hace años que no veo a Arteaga, pero me han contado que es un costal de huesos. Que su alcoholismo se convirtió en diabetes, y que su acendrado machismo ahora es un chisguete de nada, que lo tiene postrado en la angustia por no saber a dónde se escapa todas las tardes su esposa.

          Los chismes y las noticias son como el viento: llegan a donde menos se les espera. Arteaga, ya desde entonces intuía que no era la sumisa que aparentaba ser, que detrás de ello había una diabla capaz de incendiar a mil hombres. Por eso la celaba tanto, por eso no permitía que ninguno se le acercara, o se dirigiera a ésta sin pedirle permiso. Y cuando ella rompía la regla, Arteaga la increpaba sin importarle el lugar o la ocasión en la que se hallara. Ante esto, su mujer sumía la testa guardando sepulcral silencio, que omitía sólo cuando su esposo se lo ordenaba.

          Yo para no contrariarlo y exacerbar su animalidad, procuraba nunca dirigirme o siquiera mirarla de frente, que, siendo verdadero, costaba trabajo, por lo bella que era: recuerdo sus ojos melancólicos, su testuz sensual y coqueto, su nariz refinada y su boca del tamaño de muchos besos.

          Arteaga y yo éramos amigos de confianza, y a veces cuando ya estaba cayéndose de briago, me pedía que bailara con su mujer para que no se aburriera de estar sentada. “No cómo crees, no quiero ofenderte”, le decía yo de dientes para afuera porque en mi interior me moría de ganas. Arteaga insistía: “Anda, hombre, pero nada más cuidadito con insinuarle algo, porque ya sabes que eso nomás yo”. Ante la reiteración de mi camarada, solícito le pedía a su esposa bailar conmigo, y ésta, tomándose de mi mano, se incorporaba de su asiento, dejándose conducir a la pista de baile. Arteaga nos miraba desde la mesa, escudriñando cada uno de nuestros movimientos para observar que no fuéramos hacer algo indebido.

          Terminando la pieza musical retornábamos junto a Arteaga, donde su mujer volvía a ser la estatua de siempre.

          Fue de esa forma que nació lo nuestro. Yo sintiendo el sudor de su mano en la mía, y ella percibiendo mi nerviosismo cada vez que, al dar un giro, un imperceptible roce ocurría entre nosotros. Recuerdo el día en que se atrevió a murmurarme algo. Arteaga se incorporó para ir al inodoro, entonces ella aprovechó para decirme: “Es usted un hombre amable y guapo”. El color se desbordó de mis mejillas, y sólo alcancé a balbucear: “Gracias”, ya que Arteaga retornó en ese instante.

          Ese fue el inicio de nuestro romance, sin perder la mínima oportunidad para halagarnos hasta llegar a lo que inevitablemente teníamos que llegar. Así fue como descubrí que la consorte de Arteaga no era lo que fingía ser frente a su marido: que era toda una diabla.

          En cuanto se descuidó Arteaga, ésta, introduciendo lascivamente en su boca de mil besos uno de sus dedos, me soltó: “¿Qué te parecería verme en neglige rojo a solas?”. No pude contestarle, ya que Arteaga me hizo una seña para que acudiera a donde éste se hallaba.

          Ese día nos encontrábamos en una fiesta de fin de año con nuestros compañeros de trabajo. Bebí y me divertí tanto, que no recuerdo el momento en que me entregó un recado, donde me planteaba vernos a escondidas.

          Llegó puntual a la cita, ataviada con un vestido escotado que dejaba distinguir parte de sus medianos senos. Me emocionó verla, y ella descubriéndolo se estrechó a mi cuerpo y me lamió el rostro. Luego, enseñándome una bolsa de plástico que portaba en una de sus manos, me dijo: “Aquí adentro está lo que te prometí, ¿dónde me lo pongo?”.

          El rojo de la seda hacía juego con el blanco de su dermis. Se miraba tremendamente sensual y excitante, más con ese color uva brillando en sus labios. “¿Qué me vas ha hacer?, susurró con acento de niñita precoz y melosa. Yo me acerqué a ella, y tomándole la mano, la conduje hacia la cama. Mientras me quitaba la ropa, ésta no dejaba de rumiar y de lamerse las manos como una gatita. La escena me erotizó tanto que, en cuanto estuve desnudo, salté sobre ella para entregarnos a la lujuria; la gatita al fin diabla, se mostró tal y como era, llevándome al placer más absoluto que jamás haya experimentado.

          Ese fue el inicio de nuestro tórrido romance, en tanto yo seguía frecuentando y acompañando a Arteaga a todas sus borracheras, evitando no transgredir sus normas respecto a su mujer; comunicándome con ella a través de gestos y miradas secretas, que se explayaban en cuanto Arteaga se apartaba de nosotros. También por medio de cartitas apasionadas, como la que me entregó una noche cualquiera:

 

          “En este momento son las siete treinta de la mañana, y me veo al espejo para dar los últimos retoques a mis ojos y boca; la cual, déjame te digo, la siento muy sensual, y deseo tener tus labios en ella, porque es un deleite estar contigo. Eres buen amante en verdad. Creo que muchas mujeres desearían que alguien las amara como tú lo haces conmigo. Yo lo sé y disfruto, gozo con tu sexo: mira ahora que te lo digo me acomodo en esta silla imaginando estar, como tú dices, volando entre tus piernas”.

 

Atentamente: Tu Gatita

 

Esa era, es la mujer de Arteaga, una diabla con un magma erótico que nunca acaba de fluir, y que, si éste se hubiera dado cuenta de ello, en vez de celarla tanto, seguramente sería feliz. No como ahora dicen que es, un hombre amargado y atado a la enfermedad, obsesionado por saber lo que hace su mujer todas las tardes que sale, con su negligee rojo.

EL SEXTO PISO

  Ayer acudí al sexto piso para averiguar si habían aprobado mi sueño. Inmediatamente se movieron los engranes: mujeres iban y venían desemp...