Así nos vamos, así de fácil. Nos marchamos
a cada minuto de nuestra existencia, dejando un hueco que nadie puede llenar.
Permaneciendo el deseo de no querer partir. Pero nos vamos, no hay regreso, ni
escape alguno. En un cerrar de párpados perdemos la mirada, el caer de la
lluvia, el color de las flores, la risa de los demás y el vuelo del colibrí.
Dicen que oímos, pero no nos oyen,
acariciamos, pero no nos acarician; transcurrimos nuestros sitios con una
desnudez de luna que sólo el alma puede equiparar.
Así nos vamos, como el hombre que en
las mañanas miraba el transitar de gente y que un día desapareció como si
hubiese sido de tiza.
Una mañana partió el ser que me cuidaba
de las ánimas malditas de esta tierra. La tierna Flor, la loca de los perros
callejeros (hasta eso nunca desdeñó a nadie por el pedigrí), la que aprovechaba
mis descuidos para escapar e irse a aparear frente al pudor y la crispación de
los vecinos. ¿Por qué no llorar por ella, por qué no sentirse deshecho por su
partida? Anoche, mientras agonizaba, extendía su cuello hacia Venus; lo miraba
como si supiera que el paraíso de los perros se encuentra ahí. Estiraba el cuello
y bebía lengüetazos desesperados de agua, como si tuviera un hueso atorado en
él, como si se consumiera de lumbre por dentro. ¿Por qué la muerte siempre es
una tragedia? ¿Por qué no puede asumirse con paciencia?
--¿Qué te pasa? Pregunté. Flor me miró con
sus ojitos encharcados de tristeza y resignación, que entendí como un: “Ya me
voy querido amigo, no te aflijas. Es hora de decirle adiós al aire, de detener
el saltimbanqui de mi vida.”
--Nada hay que decir a los niños. Exclamó
la abuela. (los niños son más humanos).
--¿Y si preguntan? Cuestioné.
--Pues hay que contarles que la loca
anda mordiendo, o que se fugó con un galán al que amaba mucho. Que la llevó a
otro planeta donde hacerla feliz (a veces los adultos somos más fantasiosos que
los niños).
A Flor la vi expirar a las seis
de la mañana. Se despidió de mí y se fue a morir bajo la escalera, su recámara
de viejecita refunfuñona. La enterré en el jardín que da a mi ventana, para que
no se sienta muerta y crea que aún nos protege.
Cuando alguien querido se va, deja un
hueco que nadie puede llenar. Su fantasma deambula en el aire y duerme bajo las
piedras, o nos mira agazapado entre los árboles. Dicen que son las ánimas
benditas del purgatorio, los ángeles de la guarda que nos cuidan. No sé si sea
cierto, lo que sí es que a veces el viento está cargado de miradas.
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