domingo, 23 de octubre de 2022

ADIOS FLORECITA

 

Así nos vamos, así de fácil. Nos marchamos a cada minuto de nuestra existencia, dejando un hueco que nadie puede llenar. Permaneciendo el deseo de no querer partir. Pero nos vamos, no hay regreso, ni escape alguno. En un cerrar de párpados perdemos la mirada, el caer de la lluvia, el color de las flores, la risa de los demás y el vuelo del colibrí.

          Dicen que oímos, pero no nos oyen, acariciamos, pero no nos acarician; transcurrimos nuestros sitios con una desnudez de luna que sólo el alma puede equiparar.

          Así nos vamos, como el hombre que en las mañanas miraba el transitar de gente y que un día desapareció como si hubiese sido de tiza.

          Una mañana partió el ser que me cuidaba de las ánimas malditas de esta tierra. La tierna Flor, la loca de los perros callejeros (hasta eso nunca desdeñó a nadie por el pedigrí), la que aprovechaba mis descuidos para escapar e irse a aparear frente al pudor y la crispación de los vecinos. ¿Por qué no llorar por ella, por qué no sentirse deshecho por su partida? Anoche, mientras agonizaba, extendía su cuello hacia Venus; lo miraba como si supiera que el paraíso de los perros se encuentra ahí. Estiraba el cuello y bebía lengüetazos desesperados de agua, como si tuviera un hueso atorado en él, como si se consumiera de lumbre por dentro. ¿Por qué la muerte siempre es una tragedia? ¿Por qué no puede asumirse con paciencia?

--¿Qué te pasa? Pregunté. Flor me miró con sus ojitos encharcados de tristeza y resignación, que entendí como un: “Ya me voy querido amigo, no te aflijas. Es hora de decirle adiós al aire, de detener el saltimbanqui de mi vida.”

          --Nada hay que decir a los niños. Exclamó la abuela. (los niños son más humanos).

--¿Y si preguntan? Cuestioné.

          --Pues hay que contarles que la loca anda mordiendo, o que se fugó con un galán al que amaba mucho. Que la llevó a otro planeta donde hacerla feliz (a veces los adultos somos más fantasiosos que los niños).

          A Flor la vi expirar a las seis de la mañana. Se despidió de mí y se fue a morir bajo la escalera, su recámara de viejecita refunfuñona. La enterré en el jardín que da a mi ventana, para que no se sienta muerta y crea que aún nos protege.

          Cuando alguien querido se va, deja un hueco que nadie puede llenar. Su fantasma deambula en el aire y duerme bajo las piedras, o nos mira agazapado entre los árboles. Dicen que son las ánimas benditas del purgatorio, los ángeles de la guarda que nos cuidan. No sé si sea cierto, lo que sí es que a veces el viento está cargado de miradas.

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