FARELA
Y EL CALDERONISMO
RAYMUNDO COLÍN AXOLOTL
I
El compañero Farela se mira
cabizbajo, angustiado. Ayer por la tarde tuvo que desembolsar ocho billetes
grandes para que los policías que acusaban de robo a su hijo, no lo remitieran al ministerio público. El dinero era el
ahorro de meses de trabajo y un colchón que le serviría, por si la crisis económica se disparaba.
—Pero mi esposa llegó primero que yo
y ya se había arreglado con ellos. No pude hacer ya nada. ¡Estos cabrones andan
desatados extorsionando a quien se deje!
Del otro lado del escritorio, la
compañera Lucero intenta animarlo, a la vez que cuenta lo que la noche anterior
le ocurrió a su hija:
—La mochilearon. Mi hija les
preguntó por qué lo hacían. La mujer policía que la revisaba, le respondió:
“los jóvenes también roban”. ¡Ahora sí que el ser joven hoy en día es sinónimo
de delincuente!
Farela escuchaba con atención lo que
platicaba Lucero, mientras el Chaparro iba y venía mentando madres con su
vozarrón. Me le quedé mirando y me lo imaginé como un soldadito de plomo
refunfuñón:
—¡Cabrón, piensa que por dos pesos
me va a gritar! ¡Ahí que acomode su carro como quiera,
pero a mí no me va a chingar la madre por dos mugrosos pesos!
El calor de marzo es sofocante, sin
embargo, la compañera Estela no deja de sonar su silbato para dirigir a los
automovilistas que entran y salen del estacionamiento. Doña Estela se ve
tranquila, pero desde que murió la Chiapaneca, quien era la mera jefa
del estacionamiento, dicen que se ha vuelto una cacique y quiere mangonear a
los demás franeleros, que, si se le ponen al tú por tú, los amenaza con ya no
dejarlos trabajar. Al Chaparro es al que más hostiga, tanto
que éste ya se quiere ir a chambear a otra parte:
—Quiere que de lo que saco le de la
mitad; si eso apenas me alcanza para tragar…
Allá a lo lejos, en su sala a la
intemperie, se mira el escuadrón de alcohólicos empeñados en continuar su ruta
hacia la muerte. Todo el día están ahí sableando a los transeúntes para su
vicio;
o roncando la borrachera, regados en las aceras. Algunos de estos borrachines
son profesionistas: uno es abogado, otro sociólogo, hay uno que dice haber
estudiado psicología, y otro que es políglota. Los demás,
obreros venidos a menos. Quemados, sucios, vale madre de la vida: todos ellos alguna vez fueron padres de familia, hijos, hermanos,
buenos empleados o burócratas, pero algo pasó en su vida, alguna situación
terrible o dolorosa, —¡vaya usted a saber! Los tiene allí, postrados en el chupe, esperando a
que la pelona se los cargue.
—“¡Yo no soy ratera, yo si estudio!”, le dijo mi hija —espeta
Lucero— ¿Y qué creen que le respondió la estúpida policía?: “Pues yo no, por
eso estoy en esto”. “¿Usted sabe que soy menor de edad?”, le reclamó mi hija. “¿Y qué, en tu
escuela no te han dicho que hay tutelares?”. Lo bueno que la dejaron ir sin
achacarle nada.
Es 2011, pero tal parece que
retrocedimos a los años 70, cuando las razias y el abuso de la policía asolaba
las calles y las vidas de los parroquianos: extorsionando, golpeando y hasta
asesinando a la gente, pero sobre todo a los jóvenes que por mala suerte se
cruzaban en su camino. El temor de que se les apareciera “la tira” o “los
judas”, era terrible;
pues seguramente de una calentada, tortura o un aventón nadie los salvaría. Así
fue como los supervivientes de aquellos años, desarrollaron una especie de súper
intuición, que los hacía anticipar su aparición y poder escapar o guardar
postura; o dar motivo alguno para que los levantaran, los secuestraran para
pedir rescate a sus padres, quienes, sabedores de lo que podría
ocurrirles en las mazmorras judiciales, o en las orillas solitarias de la
ciudad, les daban lo que les pedían.
Tiempos malditos los que vivimos los
muchachos de aquellos años, tiempos difíciles y tristes, pesarosos y llenos de
zozobra. Tiempos en los que el infierno, representado en la tierra por los
patriotas, nacionalistas funcionarios y
burócratas del partido tricolor; quienes soltaron sobre nosotros
todas las pestes, toda la mierda que sólo ellos podían defecar.
Al igual que al hijo de Farela o la
hija de Lucero, los hijos de aquellos años sufrimos el acoso y el crimen que
desde el Estado se incubó para nosotros. La mafia era el gobierno,
lo sigue
siendo, ahora secundado por la cosa nostra mexicana. Es por eso que a diario
vemos decenas de cadáveres destazados y regados por toda la nación; miles de
levantados, de desaparecidos, esfumados por manos invisibles y llevados a lugares
insospechados, donde padecen torturas diabólicas, mutilaciones,
muertes
dolorosas y crueles. Cadáveres sin cabeza ni genitales colgados en puentes
viales; montones de cuerpos, la mayoría jóvenes, en parajes solitarios o a
orillas de la carretera; fosas clandestinas atestadas de muerte: trascabos
sacando a hombres y mujeres descuartizados. El infierno ante nuestros ojos
diariamente; una guerra de exterminio implementada desde los hondos infiernos
calderonistas contra el pueblo mexicano.
Era igual aquellos años, pues los
necrófilos del poder siempre han existido, y no paran de operar, de
infringirnos el horror a través de dictaduras, regímenes represivos que, con
sus tácticas de exterminio, nos mantienen horrorizados para que ellos hagan y
deshagan a su antojo el país. Para que roben o maten, o nos esclavicen y
exploten a sus anchas nuestra fuerza de trabajo. Esa es la verdad tras toda
esta estrategia de violencia y sangre, que ha sesgado cientos de miles de vidas,
directa o indirectamente, desde que se implementó y contra la cual debemos
estar en contra y enfrentarla firmemente.
Cuántas historias guardo en mi mente
de aquellos años aciagos de mi juventud, cuántos nombres y rostros conocidos o
de desconocidos que sufrieron la misma suerte de habitar en el abismo. Podría
nombrar a algunos para que sepan que no los hemos olvidado y que llegará el
tiempo en que se les haga justicia: Jesús, Pedro, Francisco, el Hormiga, el
Chicano, Cancia, Nicolás, el Voces, el Calaco, el Tatemas, el Tapachula, el
Canelo, el Cacahuate; Berna, Gilberto, Nazario, Morris, Raúl, el Rata, Leticia,
Freddy, Teresa, el Negro, el Chapulín; Manuel, Sixto… vaya, son tantos nombres
y apodos que se me agolpan en la cabeza y se niegan a ser escritos, tal vez por
el miedo a que, aún después de muertos, se sepa de
ellos y los necrófilos del poder y la estulticia den con ellos para matarlos o
torturarlos otra vez… son capaces.
Éramos un montón de niños jugando
entre las calles polvorientas y pobres del tiempo que nos tocó vivir; niños con
el alma limpia de todo dolo. Niños hermosos y llenos de vitalidad, de sueños y
con las bolsas retacadas de canicas. Niños retozones jugando al balero, al
trompo, al burro dieciséis, al trébol, a la cascarita.
Niños tempraneros pintándose de sol, niños charco, barrio, remolino,
vecindad. Caritas de ángel trepándose de mosca
en los camiones refresqueros, pedaleando la bicicleta alquilada.
Niños nalgas meadas, zapatos rotos, pantalones agujerados, playeras desteñidas.
Niños hambre, desnutridos, piojosos, con lombrices.
Niños descalzos correteándose entre
las piedras y en los fangos de la vida. Niños libélula, mariposa, colibrí.
Niños
jicotillo, abejorro, cochinilla. Niños cocol, luna llena, saltadores de reata…
en fin… niños que esperábamos de este mundo lo mejor, pero que caímos, tal vez,
en el lugar menos indicado para que nuestros sueños se cumplieran. Y así fuimos
creciendo en el infierno sin saberlo. Hasta que un día, nos volvimos
jóvenes y entonces sí supimos lo que era andar en tierra
ajena.
II
Acabo de ver un video
que el buen
Rafael Catana me compartió en Facebook, donde Manu Chao canta su canción “Si yo fuera Maradona”, frente al divo del fútbol mundial,
en una calle de un barrio, al lado de una cortina de negocio con un grafiti que
dice:
“Lolo puto”. El divo la está gozando o la está sufriendo, no sé, trae
lentes oscuros, pero por su rostro que relame los
labios, la está gozando hasta el alma, areciera
que en cualquier momento se le saldrán las lágrimas.
Hay una cuarteta en la canción de
Manu Chao que llama mi atención: “Si
yo fuera Maradona, viviría como él, porque el mundo es una bola, que se vive a
flor de piel”. Habla de la influencia tan grande
que el balompié tiene sobre la gente; de lo excitante que es ver rodar, saltar,
elevarse, golpear un balón, o gritar al unísono “¡gol!” Es todo un orgasmo colectivo, un desfogue que
obliga a ser parte.
Maradona —llamado también “la mano
de Dios” por el primer gol que anotó a Inglaterra en el estadio Azteca, en los
cuartos de final, durante el Campeonato Mundial de Fútbol realizado en México
en 1986—, es un tótem mundial, “sui géneris”,
que lo mismo se reúne con Fidel Castro, que es musa para dedicarle una canción,
como la de Manu Chao, o la de “Rodrigo”, precisamente titulada “La mano de
Dios”, de la cual me atrevo a reproducir
un fragmento:
“En una villa nació, fue deseo de
Dios,
crecer y sobrevivir a la humilde
expresión.
Enfrentar la adversidad
con afán de ganarse a cada paso la
vida.
En un potrero forjó una zurda
inmortal
con experiencia sedienta ambición de
llegar.
De cebollita soñaba jugar un Mundial
y consagrarse en Primera,
tal vez jugando pudiera a su familia
ayudar... “
Ese es Diego Armando Maradona,
también conocido como “El Diez” o “Pelusa”, un hombre que,
doblegando la adversidad y todo pronóstico de quedarse sumido en la miseria y
la desilusión, como tantos millones de jóvenes en Latinoamérica, se encumbró en
las ligas mayores, no sólo del fútbol, sino de la fama, el poder y el dinero;
que en un momento de su vida lo llevó a cometer locuras, a soterrarlo en el
drama existencial y las drogas; pero que al igual que la condición social
en la que se
desarrolló, pudo superar.
Cuántos maradonas he visto en el
barrio en el que crecí, para luego perderse en la niebla
del desencanto. Recuerdo a Jaime, el hijo del dueño
de la pulquería “Mi casa preferida”, gambetero fabuloso; tenía una zurda espectacular y una velocidad que barría
oponentes para meter gola ras de línea. Al Chavarín, quien, al tratar de
cabecear el balón en una cascarita,
en la cima el peñón viejo, perdió el equilibrio y cayó. El Guerrero o el
Álvaro, quienes llegaron a formar parte de las reservas del Guadalajara y el
Cruz Azul, o de mi primo el Alacrán, quien alguna vez jugó en
las reservas del Toros Neza. Muchachos entonces, quienes eran el deleite
futbolero de la barriada, que cuando jugaban detenían toda confrontación entre
las bandas rivales, pues preferían un rato de paz y verlos jugar, que apalearse.
¿Qué tal jugarían fútbol todos los
jóvenes asesinados en estas fechas y durante la guerra contra el narco? ¿Alguno
pudo haber llegado a ser un Maradona y darle por fin un poco de gloria al
balompié mexicano? Nunca lo vamos a saber, ya que nadie sabe sus nombres o su
procedencia, ni siquiera si eran compatriotas, pero voy a imaginar que alguno de
ellos algún día soñó con ser un nuevo Maradona. A lo mejor también el muchacho
que intentó suicidarse tirándose desde el paso peatonal de una estación del
Metro Férreo en la ciudad de México,
era un buen prospecto a volverse Maradona, —no sé—. A
lo mejor también los llamados despectivamente ninis (ni estudian ni trabajan),
los que cometen violencia contra sus compañeros de la escuela (bullying), o los
Tapados, quienes laboran de sicarios para el narcotráfico; o el adolescente
aquel que fue asesinado de un balazo en la cabeza, por la migra norteamericana, al tratar de cruzar el río
Bravo; o los estudiantes acribillados cuando se divertían en una fiesta,
en el barrio de Salvácar, en la convulsionada Ciudad
Juárez; o los 20 jóvenes asesinados en el bar Sabino Gordo, en pleno centro de
Monterrey. ¿Acaso, el hijo del poeta Javier Sicilia, Juan Francisco Sicilia, también deseaba ser otro Maradona?
Esa es la historia de miles de
jóvenes que ven truncados sus sueños, ya por las balas del Estado o por la
delincuencia organizada, o por las pandillas— o porque Dios así lo ha querido. “¿¡Por qué dice esto señor!?”, se preguntarán algunos asustados o molestos. Acuérdense que
Dios también juega al fútbol,
eso lo sabemos porque fue su mano,
y no la de Maradona, la que empujó el balón a las redes custodiadas por el
portero galo. Y yo me digo “¿acaso Dios
no estará también metido en esto?” No lo creo, porque yo pienso que
Dios, desde hace tiempo, cansado de tanta crueldad y perversión en la Tierra,
abordó su nave y abandonó a su suerte a su creación.