domingo, 23 de octubre de 2022

EL SEXTO PISO

 Ayer acudí al sexto piso para averiguar si habían aprobado mi sueño. Inmediatamente se movieron los engranes: mujeres iban y venían desempolvando archivos y montones de papeles; hasta que una de ellas gritó: ¡Bingo! ¡Su sueño se encuentra en el cuarto piso!

¿Qué significa eso? Pregunté.

—Que va por buen camino —me contestó. Pero baje para corroborarlo.

Antes de hacerlo me sentí avejentado, recordando rostros y nombres ya borrados del paisaje. ¡Quiero entrevistarme con la directora! Exigí. La alarma cundió e intentaron persuadirme a bajar al cuarto piso, donde posiblemente se contaba con un veredicto a mi sueño. Insistí: ¡Quiero ver a la directora!

¿Un té?

¿Un café?

 

 

¡Aguarde un momentito, lo atenderán los subdirectores!

La secretaria apretó un botón y como por arte de magia aparecieron un hombre y una mujer indolentes e insípidos, dispuestos a escupir mi rostro, quienes me invitaron a seguirlos a su oficina. Cuando estuvimos en ella, jaripeo de estupideces, risas farsantes: ¡Nada! ¡Su sueño requiere salvar los filtros institucionales para este tipo de peticiones! ¡Así lo solicita la norma! ¡Son las reglas! ¡La transparencia democrática!

Antes de pegarme con la puerta en la cara, con aire cínico, agregaron: ¡No le damos mucha esperanza, pero si tiene suerte, antes de jubilarnos, su sueño será admitido; mientras tanto vaya al cuarto piso; tal vez nos equivoquemos y ya le tengan una disculpa!

Descendí al cuarto piso, donde me esperaban ya un par de burócratas con una sonrisilla manchada de nicotina. Ni siquiera me tomé el arrojo de esperar la negativa a mi sueño, surgido de sus labios. Y mirándolos sarcásticamente, exclamé: ¡No se preocupen, siempre he sabido que esto es una pesadilla!

ADIOS FLORECITA

 

Así nos vamos, así de fácil. Nos marchamos a cada minuto de nuestra existencia, dejando un hueco que nadie puede llenar. Permaneciendo el deseo de no querer partir. Pero nos vamos, no hay regreso, ni escape alguno. En un cerrar de párpados perdemos la mirada, el caer de la lluvia, el color de las flores, la risa de los demás y el vuelo del colibrí.

          Dicen que oímos, pero no nos oyen, acariciamos, pero no nos acarician; transcurrimos nuestros sitios con una desnudez de luna que sólo el alma puede equiparar.

          Así nos vamos, como el hombre que en las mañanas miraba el transitar de gente y que un día desapareció como si hubiese sido de tiza.

          Una mañana partió el ser que me cuidaba de las ánimas malditas de esta tierra. La tierna Flor, la loca de los perros callejeros (hasta eso nunca desdeñó a nadie por el pedigrí), la que aprovechaba mis descuidos para escapar e irse a aparear frente al pudor y la crispación de los vecinos. ¿Por qué no llorar por ella, por qué no sentirse deshecho por su partida? Anoche, mientras agonizaba, extendía su cuello hacia Venus; lo miraba como si supiera que el paraíso de los perros se encuentra ahí. Estiraba el cuello y bebía lengüetazos desesperados de agua, como si tuviera un hueso atorado en él, como si se consumiera de lumbre por dentro. ¿Por qué la muerte siempre es una tragedia? ¿Por qué no puede asumirse con paciencia?

--¿Qué te pasa? Pregunté. Flor me miró con sus ojitos encharcados de tristeza y resignación, que entendí como un: “Ya me voy querido amigo, no te aflijas. Es hora de decirle adiós al aire, de detener el saltimbanqui de mi vida.”

          --Nada hay que decir a los niños. Exclamó la abuela. (los niños son más humanos).

--¿Y si preguntan? Cuestioné.

          --Pues hay que contarles que la loca anda mordiendo, o que se fugó con un galán al que amaba mucho. Que la llevó a otro planeta donde hacerla feliz (a veces los adultos somos más fantasiosos que los niños).

          A Flor la vi expirar a las seis de la mañana. Se despidió de mí y se fue a morir bajo la escalera, su recámara de viejecita refunfuñona. La enterré en el jardín que da a mi ventana, para que no se sienta muerta y crea que aún nos protege.

          Cuando alguien querido se va, deja un hueco que nadie puede llenar. Su fantasma deambula en el aire y duerme bajo las piedras, o nos mira agazapado entre los árboles. Dicen que son las ánimas benditas del purgatorio, los ángeles de la guarda que nos cuidan. No sé si sea cierto, lo que sí es que a veces el viento está cargado de miradas.

MÍNIMA HISTORIA DE MI MADRE

 

Todo caos tiene un origen. Y el caos que atormentaba a mi madre se situaba más allá de su despecho por el abandono de mi padre. Pero ¿cuál era ese origen? Para develarlo hay que zurcir los retazos de relatos de su vida que esta esparció durante sus ochenta años vividos, en los cuales se mantuvo pegada a la copa y la botella, sentada en esa mesa barata, en la que, sin escribir, hilaba mejores dramas que los de Dolores del Río.

Me parece verla en este instante protagonizando uno de ellos, mientras nosotros, aterrados, vemos la escena.

-No es que yo los quiera poner en contra de su padre, pero la verdad es que fue una porquería conmigo. ¡Abran de creerlo! ¡Un maldito mal agradecido!

Era la misma cantaleta, con una sobre actuación que terminaba con autogolpes, chantajes de suicidio y un:

-¡Perdónenme, no quería asustarlos! Pero es que tengo tanto resentimiento en el alma, que es la única manera que puedo soportarlo y sacar a ese monstruo que su padre me engendró con su vileza.

Esa era mi madre, una mujer que bebía hasta perder la conciencia de sus actos, la que no lograba apaciguar y perdonar las acciones del monstruo, mi padre, a quien de todas formas intentaba hacer daño, aunque nunca pude constatar una sola evidencia de sus “miserables actos”. Quien puntualmente daba la mesada para alimentarnos y pagar los gastos de la casa. Quien, si bien, sin mostrarnos un solo hálito de ternura, nos daba la mayor parte de lo que le pedíamos. Es por ello que no comprendía el por qué mi madre hablaba pestes de él. 

Fue así como crecimos, con esa insidia hacia mi padre; de saberlo un “monstruo”. Es por eso que me lo imaginaba como un dios todopoderoso, quien desde lo alto de su olimpo se carcajeaba de nosotros, quienes soportábamos las execraciones que éste nos lanzaba.

Pobre de mi madre, me decía, tanto que ha tenido que aguantar para que tengamos lo necesario. Pero algún día verá ese idiota de lo que soy capaz y se arrepentirá de todo lo que le ha hecho. Mi madre había logrado incubarnos odio hacia nuestro padre; un odio que nos hacía albergar la idea de vengarla y terminar con su tragedia. Aunque nunca he terminado por comprender cómo es qué aun con todo el resentimiento que le tenía, dejó que mi padre le fecundara siete hijos. Pero lo más inaudito, es que ella le guardaba el “respeto”, que decía, debía guardársele a un esposo, aunque viviera con “la otra”.

Y se lo guardó muy bien, pues nunca aceptó “meter a otro hombre a la casa”. Rechazando proposiciones de pretendientes que le ofrecían hacerse cargo de nosotros, si se casaban con ellos.

-No señor, yo ya tengo esposo.

Les expresaba para jamás frecuentarlos ni hablar con ellos.

El día que murió mi madre, llegué de un viaje a Chiapas. Mi hermana Lucía se comunicó conmigo para darme la noticia, que mi madre, se encontraba hospitalizada conectada a un respirador. La diabetes le había podrido los riñones y ya no tenía esperanzas de recuperación. Los años de beber se la estaban cobrando, aunque en los últimos veinte de su existencia hizo hasta lo imposible para evitar morir. Pues el temor de sucumbir había reemplazado el resentimiento hacia mi padre. Dejó de beber y se entregó a Dios y a la virgen de Guadalupe con mayor fervor. Dejó de frecuentar a sus amigas de francachela, las cuales fueron cayendo antes que ella. Una especie de agorafobia la mantenía atada a su cama, viendo todo el día la televisión. Sólo salía al mercado cuando mi hermana Lucía no podía, o para ir a misa.

Yo la visitaba asiduamente y aunque ya no me refería cosas abyectas de mi padre, se quejaba de mis hermanos los “alcohólicos”, quienes habían seguido sus pasos y la habían sumido en un infierno más grande del que ella les había deparado. Pero eran sus frutos y no tenía más que resistirlos.

-¿Tú deberías hacer algo por ellos? Me pidió un día al borde de la desesperación, pues ya no sabía cómo detener el desenfreno en el que habían caído. Ánima de su ánima, intenté hacer lo que me pedía, con un resultado francamente decepcionante, que me llevó a padecer las más terribles frustraciones y oposiciones de quienes intenté enderezar y “regresar al camino del bien”.

Más de una vez sufrí respuestas violentas de ellos y aunque mi madre intercedía para que no pasara a mayores, los raspones supuraban como las heridas propinadas por garras. No sólo en carne, sino en alma. Hasta que me di cuenta que la raíz de aquel abismo era mi madre, quien, cuando quise tomar al toro por los cuernos, se opuso llorando y exigiéndome que no lo hiciera, que no internara a mis hermanos alcohólicos, que los dejara con ella, aunque eso significara seguir “cargando la cruz”, que Dios le había dado.

Indignado por su decisión, la encaré, diciéndole que desde ese momento dejaría de meterme en lo que era su responsabilidad, pues ellos no eran mis hijos sino mis hermanos y como tales, ella era la única que tenía que ocuparse de sus desvaríos. Lo dije y lo cumplí. Al siguiente año, mi hermano menor murió víctima del alcohol. Mi madre lloró amargamente ante su féretro como si le hubieran amputado en ese instante una pierna, pidiendo a la virgen de Guadalupe que se lo volviera a procrear para parirlo de nuevo, pues el dolor que sentía por su hijo muerto, era el mismo de María ante el cadáver de Jesús crucificado.

Meses después de la muerte de mi hermano, mi madre, realmente intrigada, me preguntó:

-Dime de una vez por todas, ¿después de la muerte hay otra vida?

Acostumbrado a la sinceridad, le contesté:

-Después de la muerte, no hay nada, sólo el vacío total.

Mi madre se me quedó mirando y sin decir más nada fijó su atención en el televisor.

Cuando sujeté su mano y la vi respirar jadeante atada al respirador, supe que su miedo a morir se había exacerbado. Fue entonces que le dije que era tiempo de marcharse, que no se preocupara, que había sido una buena madre y que nosotros nos haríamos cargo de sus hijos. Ella suspiró aliviada. A la hora en que dejé el hospital, mi hermana Lucía se comunicó conmigo para decirme que nuestra madre había muerto. Debo confesarlo: Por mi madre soy un trásfuga del destino.

EL DIABLO DE PARRANDA

 

Estaba yo en la cantina acompañado de mi primo José Santiago. De repente el viento comenzó a lamentarse en las ramas de los árboles. Dice mi primo José, que él hasta escuchó las voces de unas ánimas que, al pasar por la cantina, dijeron:

-¡Váyanse que ay viene el malo! La mera verdad yo no oí nada. Sólo el tucurucutu de la lechuza desbarrancándose en la noche. Después escuché unas como pisadas de caballo golpeando en el empedrado. Luego el aullido de los perros. 

En la cantina estábamos como unos diez borrachos, entre ellos un cancionero que andaba de paso por Ixmiquilpan. 

--¡Oiga joven, Carraspeé una canción! Nadie lo vio entrar, era un hombrezote del tamaño de dos fulanos, vestía traje de charro. En sus botas, tenía espuelas en forma de navajas de gallo de pelea. Sus bigotes rebasaban su boca y, sus ojos eran del color de la lumbre. 

--¡Ande amigo, cánteme una canción, mientras acá yo y los compitas nos echamos un tequila! Dijo sentándose a nuestra mesa. 

--¡Hay inconveniente que me siente aquí con ustedes paisanos! Preguntó autoritario. 

--¡No señor! Le contestamos. Llamó al cantinero pidiéndole una botella para cada uno. El cantinero atendió la orden. 

--¡Sírvanse señores! Carraspeó, al momento en que de un solo trago se bebía la botella de tequila. --¿Saben quién soy? Nos preguntó. 

--¡No! Le respondimos. 

--¡Soy el diablo! El cancionero al oírlo enmudeció su canto y, los que se encontraban ahí, se incorporaron de sus sillas asustados. 

--¡Espérense señores, no se exalten! Gritó. ¡Que no vengo a llevarme a nadie! ¡Ando de parranda! ¿O qué el pingo no tiene derecho de hacerlo? Nadie se atrevió a cascar las liendres. Entonces, dirigiéndose de nuevo al cantinero, le mandó nos sirviera a todos lo que quisiéramos. 

--¡Y usted amigo siga cantando, sino me lo llevo con todo y guitarra! Dijo al trovador, echándose una buena carcajada. De otro sorbo se bebió otra botella. 

--¡Anden señores, beban, que no siempre se festeja una noche con el amo de las tinieblas! Al poco rato, ya todos estábamos borrachos. Fue cuando Satanas se confesó con nosotros: 

--La verdad amigos, quería descansar un poco de tanta llamarada. De andar imponiendo castigos a las almas lujuriosas y malignas. Que el mundo se olvidara un poco de mí, y yo de él. No se crean señores, hacer diabluras, cansa. ¡Vaya trabajito que me tocó! ¡Bebamos, que el tiempo no nos importe y, que la humanidad disfrute de la paz, mientras yo disfruto de su compañía, y de este tequila, que, para ser sincero, está bien sabroso! ¡Beban a costa del diablo, que ya lo pagaran algún día!

UNA MUJER

 

En memoria de Debanhi Escobar, asesinada recientemente en Nuevo León

 

La mujer, mitad del mundo. La naranja entera de mis canciones. Mi madre, mi hermana, mi amiga, mi novia, mi esposa, mi cómplice y todo. La de la minifalda que brinca la cuerda, que juega canicas conmigo, que se baña detrás del macetero; que me eleva al cielo con su beso. Mi prima, mi compañera de escuela, mi amor platónico y televisivo. El impulso de mis deseos imberbes, de mis delirios y depresiones adolescentes; mi camarada en la lucha diaria por la vida y la esperanza.

En la noche se escuchan los gritos de Adela, golpeada por el Charro, su esposo. Los perros ladran desgarradamente, mas no logran apagar los alaridos de Adela, quien al amanecer es encontrada muerta y atada de manos y pies en la cama del pequeño cuarto que habitaba. Aunque el Charro fue apresado por la policía, se escapó derribando a patadas el muro de la caseta policial en la que se topaba. ¿Qué curioso siendo que dicha caseta siempre estaba custodiada?

Dice doña Lola, que se entera de todo lo que sucede en la colonia, que a través de la ventana que da a su horno de pan, vio cuando el Charro salió por el boquete. Que no vio a ningún policía perseguirlo. Que tomó camino por la avenida grande hasta perderse a los lejos, en dirección al Popocatépetl.

Adela tenía el rostro amoratado de tanto puñetazo. Tenía las piernas hinchadas de tanta patada. Tenía las manos y los brazos enrojecidos por los fajazos indolentes de aquella bestia, que impune, ha de andar por ahí haciendo de las suyas.

Mamá me dice que me vaya, que no vea el cadáver porque tendré pesadillas. Pero yo me digo, qué más pesadilla que ver a la simpática y buena persona de doña Adela muerta. Y me viene a la memoria su sonrisa, sus ojos negros aleteando en su rostro; su palabra suave acompasado con el canto de los pájaros, que de vez en cuando llegaban para verla. Su vestido a las rodillas moviéndose con garbo entre los pocos muebles de su prisión diaria. Pues, sólo se liberaba de esta cuando acudía al mercado y regresaba rápido, temerosa de los celos del Charro, quien siempre le inventaba amoríos para reprenderla.

Hago lo que mamá me ordena y regresó a casa y tumbándome en el piso, me pongo a pensar qué habrá sentido doña Adela cuando el Charro, su esposo, la molía a golpes.

La tarde está a punto de ahogarse entre las sombras. En la televisión Pepe el Toro hilara su dolor abrazado a los restos carbonizados del Torito. Fue el Tuerto quien le prendió fuego a su taller de carpintero. Después de empujar al Camellito al paso del tranvía. Maldad tan vil no había visto en mi corta vida. Aunque mi mente es un teflón donde resbalan todo tipo de tragedias, de dolores y sufrimientos.

Nosotros los pobres, ustedes los ricos; los olvidados hijos de Sánchez, que, hacinados en esta ciudad perdida, soñamos algún día superar la miseria a la que fuimos arrojados, por ese dios que yace dentro de la vitrina de cristal, el cual se niega a escuchar nuestras plegarias.                                                       

Descanse en paz doña Adela.                                                                      

HAY MOMENTOS IMPOSIBLES DE OLVIDAR


Hay momentos imposibles de olvidar. Como aquel beso adolescente. Lo recuerdo bien: La noche estaba demasiado iluminada como para ser noche. Emma me dijo que la viera a la salida de la panadería. Con el corazón palpitante llegué a la cita, situándome a buena distancia para advertir su presencia.

Transcurrieron los minutos que parecieron horas. Inquieto, miraba hacia el interior de la panadería, sin encontrar el rostro de Emma. Pasaron diez, quince, veinte minutos y desesperado, corrí a la esquina para verla salir de su casa, pero el zaguán se hallaba cerrado como siempre. “A lo mejor sus padres no la dejaron”, me dije. Pensé acercarme para tirar una piedra a su ventana, pero reculé para no causarle alguna reprimenda, retornando a mi posición frente a la panadería.

A la tercera mueca vi su largo cabello negro, recorriendo los estantes de cuernos, conchas y biscochos. Dejé mi sitio para tomar uno más estratégica, a modo que pudieran verme sus ojos de Scheherezade. Cuando Emma salió de la panadería, caminó hacia su casa. Aceleré el paso para alcanzarla. En cuanto me acerqué, ella se detuvo. Su aliento de aguamiel me sublimaba, su olor a cereza. Su piel de canela bajo su blusa blanca. Sin palabra de por medio nos besamos: yo me sentí volar en un ensueño, chapotear en el mar de estrellas que repentinamente mutó en árbol navideño, parpadeando sus lucecitas multicolores.

Cuando baje de la nube, Emma, ya se había marchado, sin antes decirme: “Te veo el lunes, espérame en la esquina de esta calle”. Regresé a mi casa flotando, con la sensación de haber hecho un extenso viaje estelar y llegado a un planeta extraño, donde había conocido a una diosa de ébano, de la cual estaba totalmente enamorado.

Los días se hicieron largos, pero por fin llegó lunes. Emperifollado me aposté en la esquina que Emma me había indicado. Esta vez llegó puntual. “¡Vámonos!”, me ordenó. Haciendo la parada al autobús trepamos. Cuando llegamos a Chapultepec nos adentramos en el bosque, hasta encontrar un remanso. Nos acostamos en el pasto para besarnos. La pasión subió de tono y mis dedos desabotonaron su blusa. Su hálito era cálido. Emma parecía estar inmersa en otra dimensión, lejos de la mano dura y castrante de sus padres, que no le permitían vivir y divertir sus años de muchacha. Posé mis labios en la loma de sus senos, y luego, como un venado sediento, bajé río abajo de su pezón rozado, del cual bebí. Después de ello todo fue sólo besos y más besos… Besos al caminar hacia el Metro… Besos en el Metro… Besos en el autobús… Besos y más besos antes de dejarla en la misma esquina en la que nos encontramos… cuando la miré entrar y cerrar la puerta de su casa, me achicopalé como un perro que, desde la reja de su claustro, ve a la cachorra de sus adentros perderse de la mano de su dueño.

Galopó largo trecho el tiempo, como para que mi juventud impetuosa se hubiera rezagado. Volví a ver a Emma o, mejor dicho, ella me sugirió encontrarnos, pues tenía algo importante que proponerme. Cuando arribé al lugar ella ya me esperaba. No puedo negar que su presencia me seguía sublimando. Se veía nerviosa. “¿Cómo has estado?”, pregunté para destensar el ambiente. “Bien”, me dijo, embadurnando el aire con su olor a cereza. “¿Qué querías decirme?”, inquirí. Emma, tomando aliento y clavando sus grandes ojos negros en los míos, como si fuera el último recurso para salvar su vida, lanzó: “¡Llévame contigo a dónde quieras!”. Su ruego me tomó por sorpresa, pero si me lo hubiera pedido años atrás, no me hubiera negado.

La vi alejarse lentamente por la noche, como si cargara una enorme pena sobre sus hombros. Al doblar a la esquina, sólo volví a saber de ella cuando alguien me contó de su suicidio, al no soportar más el encierro al que sus padres la tenían sometida. Pobre Emma, pobre muchacha: ¡Qué bonito es sentirse libre, volar sin que puerta alguna te lo impida! Me confesó en Chapultepec, nuestras risas estallaban como dos mariposas francas entre los ramajes. Me sentí abatido cuando me enteré de su partida y un sentimiento de culpa me avasalló: ¿Sí hubiera aceptado llevarla conmigo a donde ella quisiera? Pero la dejé caer al abismo del que deseaba salvarse. Han transcurrido cuarenta y tantos años de ello, y la verdad, me gustaría volver mirar el cielo estrellado de aquel mi primer beso, de aquel mi primer amor.

EL SEXTO PISO

  Ayer acudí al sexto piso para averiguar si habían aprobado mi sueño. Inmediatamente se movieron los engranes: mujeres iban y venían desemp...