Todo caos tiene un origen. Y el caos que atormentaba
a mi madre se situaba más allá de su despecho por el abandono de mi padre. Pero
¿cuál era ese origen? Para develarlo hay que zurcir los retazos de relatos de
su vida que esta esparció durante sus ochenta años vividos, en los cuales se mantuvo
pegada a la copa y la botella, sentada en esa mesa barata, en la que, sin
escribir, hilaba mejores dramas que los de Dolores del Río.
Me parece verla en este instante protagonizando uno
de ellos, mientras nosotros, aterrados, vemos la escena.
-No es que yo los quiera poner en contra de su
padre, pero la verdad es que fue una porquería conmigo. ¡Abran de creerlo! ¡Un
maldito mal agradecido!
Era la misma cantaleta, con una sobre actuación que
terminaba con autogolpes, chantajes de suicidio y un:
-¡Perdónenme, no quería asustarlos! Pero es que
tengo tanto resentimiento en el alma, que es la única manera que puedo
soportarlo y sacar a ese monstruo que su padre me engendró con su vileza.
Esa era mi madre, una mujer que bebía hasta perder
la conciencia de sus actos, la que no lograba apaciguar y perdonar las acciones
del monstruo, mi padre, a quien de todas formas intentaba hacer daño, aunque
nunca pude constatar una sola evidencia de sus “miserables actos”. Quien
puntualmente daba la mesada para alimentarnos y pagar los gastos de la casa.
Quien, si bien, sin mostrarnos un solo hálito de ternura, nos daba la mayor
parte de lo que le pedíamos. Es por ello que no comprendía el por qué mi madre
hablaba pestes de él.
Fue así como crecimos, con esa insidia hacia mi
padre; de saberlo un “monstruo”. Es por eso que me lo imaginaba como un dios
todopoderoso, quien desde lo alto de su olimpo se carcajeaba de nosotros,
quienes soportábamos las execraciones que éste nos lanzaba.
Pobre de mi madre, me decía, tanto que ha tenido que
aguantar para que tengamos lo necesario. Pero algún día verá ese idiota de lo
que soy capaz y se arrepentirá de todo lo que le ha hecho. Mi madre había
logrado incubarnos odio hacia nuestro padre; un odio que nos hacía albergar la
idea de vengarla y terminar con su tragedia. Aunque nunca he terminado por
comprender cómo es qué aun con todo el resentimiento que le tenía, dejó que mi
padre le fecundara siete hijos. Pero lo más inaudito, es que ella le guardaba
el “respeto”, que decía, debía guardársele a un esposo, aunque viviera con “la
otra”.
Y se lo guardó muy bien, pues nunca aceptó “meter a
otro hombre a la casa”. Rechazando proposiciones de pretendientes que le
ofrecían hacerse cargo de nosotros, si se casaban con ellos.
-No señor, yo ya tengo esposo.
Les expresaba para jamás frecuentarlos ni hablar con
ellos.
El día que murió mi madre, llegué de un viaje a
Chiapas. Mi hermana Lucía se comunicó conmigo para darme la noticia, que mi
madre, se encontraba hospitalizada conectada a un respirador. La diabetes le
había podrido los riñones y ya no tenía esperanzas de recuperación. Los años de
beber se la estaban cobrando, aunque en los últimos veinte de su existencia
hizo hasta lo imposible para evitar morir. Pues el temor de sucumbir había
reemplazado el resentimiento hacia mi padre. Dejó de beber y se entregó a Dios
y a la virgen de Guadalupe con mayor fervor. Dejó de frecuentar a sus amigas de
francachela, las cuales fueron cayendo antes que ella. Una especie de
agorafobia la mantenía atada a su cama, viendo todo el día la televisión. Sólo
salía al mercado cuando mi hermana Lucía no podía, o para ir a misa.
Yo la visitaba asiduamente y aunque ya no me refería
cosas abyectas de mi padre, se quejaba de mis hermanos los “alcohólicos”,
quienes habían seguido sus pasos y la habían sumido en un infierno más grande
del que ella les había deparado. Pero eran sus frutos y no tenía más que
resistirlos.
-¿Tú deberías hacer algo por ellos? Me pidió un día
al borde de la desesperación, pues ya no sabía cómo detener el desenfreno en el
que habían caído. Ánima de su ánima, intenté hacer lo que me pedía, con un
resultado francamente decepcionante, que me llevó a padecer las más terribles
frustraciones y oposiciones de quienes intenté enderezar y “regresar al camino
del bien”.
Más de una vez sufrí respuestas violentas de ellos y
aunque mi madre intercedía para que no pasara a mayores, los raspones supuraban
como las heridas propinadas por garras. No sólo en carne, sino en alma. Hasta
que me di cuenta que la raíz de aquel abismo era mi madre, quien, cuando quise
tomar al toro por los cuernos, se opuso llorando y exigiéndome que no lo
hiciera, que no internara a mis hermanos alcohólicos, que los dejara con ella,
aunque eso significara seguir “cargando la cruz”, que Dios le había dado.
Indignado por su decisión, la encaré, diciéndole que
desde ese momento dejaría de meterme en lo que era su responsabilidad, pues
ellos no eran mis hijos sino mis hermanos y como tales, ella era la única que
tenía que ocuparse de sus desvaríos. Lo dije y lo cumplí. Al siguiente año, mi
hermano menor murió víctima del alcohol. Mi madre lloró amargamente ante su
féretro como si le hubieran amputado en ese instante una pierna, pidiendo a la
virgen de Guadalupe que se lo volviera a procrear para parirlo de nuevo, pues
el dolor que sentía por su hijo muerto, era el mismo de María ante el cadáver
de Jesús crucificado.
Meses después de la muerte de mi hermano, mi madre,
realmente intrigada, me preguntó:
-Dime de una vez por todas, ¿después de la muerte
hay otra vida?
Acostumbrado a la sinceridad, le contesté:
-Después de la muerte, no hay nada, sólo el vacío
total.
Mi madre se me quedó mirando y sin decir más nada
fijó su atención en el televisor.
Cuando sujeté su mano y la vi respirar jadeante atada
al respirador, supe que su miedo a morir se había exacerbado. Fue entonces que
le dije que era tiempo de marcharse, que no se preocupara, que había sido una
buena madre y que nosotros nos haríamos cargo de sus hijos. Ella suspiró
aliviada. A la hora en que dejé el hospital, mi hermana Lucía se comunicó
conmigo para decirme que nuestra madre había muerto. Debo confesarlo: Por mi
madre soy un trásfuga del destino.
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