Ayer acudí al sexto piso para averiguar si habían aprobado mi sueño. Inmediatamente se movieron los engranes: mujeres iban y venían desempolvando archivos y montones de papeles; hasta que una de ellas gritó: ¡Bingo! ¡Su sueño se encuentra en el cuarto piso!
—¿Qué
significa eso? Pregunté.
—Que
va por buen camino —me contestó. Pero baje para corroborarlo.
Antes
de hacerlo me sentí avejentado, recordando rostros y nombres ya borrados del
paisaje. ¡Quiero entrevistarme con la directora! Exigí. La alarma cundió e intentaron
persuadirme a bajar al cuarto piso, donde posiblemente se contaba con un
veredicto a mi sueño. Insistí: ¡Quiero ver a la directora!
—¿Un
té?
—¿Un
café?
—¡Aguarde
un momentito, lo atenderán los subdirectores!
La
secretaria apretó un botón y como por arte de magia aparecieron un hombre y una
mujer indolentes e insípidos, dispuestos a escupir mi rostro, quienes me invitaron
a seguirlos a su oficina. Cuando estuvimos en ella, jaripeo de estupideces,
risas farsantes: ¡Nada! ¡Su sueño requiere salvar los filtros institucionales
para este tipo de peticiones! ¡Así lo solicita la norma! ¡Son las reglas! ¡La
transparencia democrática!
Antes
de pegarme con la puerta en la cara, con aire cínico, agregaron: ¡No le damos
mucha esperanza, pero si tiene suerte, antes de jubilarnos, su sueño será admitido;
mientras tanto vaya al cuarto piso; tal vez nos equivoquemos y ya le tengan una
disculpa!
Descendí
al cuarto piso, donde me esperaban ya un par de burócratas con una sonrisilla
manchada de nicotina. Ni siquiera me tomé el arrojo de esperar la negativa a mi
sueño, surgido de sus labios. Y mirándolos sarcásticamente, exclamé: ¡No se
preocupen, siempre he sabido que esto es una pesadilla!
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