Estaba yo en la cantina acompañado de mi
primo José Santiago. De repente el viento comenzó a lamentarse en las ramas de
los árboles. Dice mi primo José, que él hasta escuchó las voces de unas ánimas
que, al pasar por la cantina, dijeron:
-¡Váyanse que ay viene el malo! La mera verdad yo no oí nada. Sólo el tucurucutu de la lechuza desbarrancándose en la noche. Después escuché unas como pisadas de caballo golpeando en el empedrado. Luego el aullido de los perros.
En la cantina estábamos como unos diez borrachos, entre ellos un cancionero que andaba de paso por Ixmiquilpan.
--¡Oiga joven, Carraspeé una canción! Nadie lo vio entrar, era un hombrezote del tamaño de dos fulanos, vestía traje de charro. En sus botas, tenía espuelas en forma de navajas de gallo de pelea. Sus bigotes rebasaban su boca y, sus ojos eran del color de la lumbre.
--¡Ande amigo, cánteme una canción, mientras acá yo y los compitas nos echamos un tequila! Dijo sentándose a nuestra mesa.
--¡Hay inconveniente que me siente aquí con ustedes paisanos! Preguntó autoritario.
--¡No señor! Le contestamos. Llamó al cantinero pidiéndole una botella para cada uno. El cantinero atendió la orden.
--¡Sírvanse señores! Carraspeó, al momento en que de un solo trago se bebía la botella de tequila. --¿Saben quién soy? Nos preguntó.
--¡No! Le respondimos.
--¡Soy el diablo! El cancionero al oírlo enmudeció su canto y, los que se encontraban ahí, se incorporaron de sus sillas asustados.
--¡Espérense señores, no se exalten! Gritó. ¡Que no vengo a llevarme a nadie! ¡Ando de parranda! ¿O qué el pingo no tiene derecho de hacerlo? Nadie se atrevió a cascar las liendres. Entonces, dirigiéndose de nuevo al cantinero, le mandó nos sirviera a todos lo que quisiéramos.
--¡Y usted amigo siga cantando, sino me lo llevo con todo y guitarra! Dijo al trovador, echándose una buena carcajada. De otro sorbo se bebió otra botella.
--¡Anden señores, beban, que no siempre se festeja una noche con el amo de las tinieblas! Al poco rato, ya todos estábamos borrachos. Fue cuando Satanas se confesó con nosotros:
--La
verdad amigos, quería descansar un poco de tanta llamarada. De andar imponiendo
castigos a las almas lujuriosas y malignas. Que el mundo se olvidara un poco de
mí, y yo de él. No se crean señores, hacer diabluras, cansa. ¡Vaya trabajito
que me tocó! ¡Bebamos, que el tiempo no nos importe y, que la humanidad
disfrute de la paz, mientras yo disfruto de su compañía, y de este tequila, que,
para ser sincero, está bien sabroso! ¡Beban a costa del diablo, que ya lo
pagaran algún día!
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