domingo, 23 de octubre de 2022

UNA MUJER

 

En memoria de Debanhi Escobar, asesinada recientemente en Nuevo León

 

La mujer, mitad del mundo. La naranja entera de mis canciones. Mi madre, mi hermana, mi amiga, mi novia, mi esposa, mi cómplice y todo. La de la minifalda que brinca la cuerda, que juega canicas conmigo, que se baña detrás del macetero; que me eleva al cielo con su beso. Mi prima, mi compañera de escuela, mi amor platónico y televisivo. El impulso de mis deseos imberbes, de mis delirios y depresiones adolescentes; mi camarada en la lucha diaria por la vida y la esperanza.

En la noche se escuchan los gritos de Adela, golpeada por el Charro, su esposo. Los perros ladran desgarradamente, mas no logran apagar los alaridos de Adela, quien al amanecer es encontrada muerta y atada de manos y pies en la cama del pequeño cuarto que habitaba. Aunque el Charro fue apresado por la policía, se escapó derribando a patadas el muro de la caseta policial en la que se topaba. ¿Qué curioso siendo que dicha caseta siempre estaba custodiada?

Dice doña Lola, que se entera de todo lo que sucede en la colonia, que a través de la ventana que da a su horno de pan, vio cuando el Charro salió por el boquete. Que no vio a ningún policía perseguirlo. Que tomó camino por la avenida grande hasta perderse a los lejos, en dirección al Popocatépetl.

Adela tenía el rostro amoratado de tanto puñetazo. Tenía las piernas hinchadas de tanta patada. Tenía las manos y los brazos enrojecidos por los fajazos indolentes de aquella bestia, que impune, ha de andar por ahí haciendo de las suyas.

Mamá me dice que me vaya, que no vea el cadáver porque tendré pesadillas. Pero yo me digo, qué más pesadilla que ver a la simpática y buena persona de doña Adela muerta. Y me viene a la memoria su sonrisa, sus ojos negros aleteando en su rostro; su palabra suave acompasado con el canto de los pájaros, que de vez en cuando llegaban para verla. Su vestido a las rodillas moviéndose con garbo entre los pocos muebles de su prisión diaria. Pues, sólo se liberaba de esta cuando acudía al mercado y regresaba rápido, temerosa de los celos del Charro, quien siempre le inventaba amoríos para reprenderla.

Hago lo que mamá me ordena y regresó a casa y tumbándome en el piso, me pongo a pensar qué habrá sentido doña Adela cuando el Charro, su esposo, la molía a golpes.

La tarde está a punto de ahogarse entre las sombras. En la televisión Pepe el Toro hilara su dolor abrazado a los restos carbonizados del Torito. Fue el Tuerto quien le prendió fuego a su taller de carpintero. Después de empujar al Camellito al paso del tranvía. Maldad tan vil no había visto en mi corta vida. Aunque mi mente es un teflón donde resbalan todo tipo de tragedias, de dolores y sufrimientos.

Nosotros los pobres, ustedes los ricos; los olvidados hijos de Sánchez, que, hacinados en esta ciudad perdida, soñamos algún día superar la miseria a la que fuimos arrojados, por ese dios que yace dentro de la vitrina de cristal, el cual se niega a escuchar nuestras plegarias.                                                       

Descanse en paz doña Adela.                                                                      

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