En memoria de Debanhi Escobar, asesinada recientemente en Nuevo León
La mujer, mitad del mundo. La naranja entera de mis
canciones. Mi madre, mi hermana, mi amiga, mi novia, mi esposa, mi cómplice y
todo. La de la minifalda que brinca la cuerda, que juega canicas conmigo, que
se baña detrás del macetero; que me eleva al cielo con su beso. Mi prima, mi
compañera de escuela, mi amor platónico y televisivo. El impulso de mis deseos
imberbes, de mis delirios y depresiones adolescentes; mi camarada en la lucha
diaria por la vida y la esperanza.
En la noche se escuchan los gritos de Adela,
golpeada por el Charro, su esposo. Los perros ladran desgarradamente, mas no
logran apagar los alaridos de Adela, quien al amanecer es encontrada muerta y
atada de manos y pies en la cama del pequeño cuarto que habitaba. Aunque el
Charro fue apresado por la policía, se escapó derribando a patadas el muro de
la caseta policial en la que se topaba. ¿Qué curioso siendo que dicha caseta
siempre estaba custodiada?
Dice doña Lola, que se entera de todo lo que sucede
en la colonia, que a través de la ventana que da a su horno de pan, vio cuando
el Charro salió por el boquete. Que no vio a ningún policía perseguirlo. Que
tomó camino por la avenida grande hasta perderse a los lejos, en dirección al
Popocatépetl.
Adela tenía el rostro amoratado de tanto puñetazo.
Tenía las piernas hinchadas de tanta patada. Tenía las manos y los brazos
enrojecidos por los fajazos indolentes de aquella bestia, que impune, ha de
andar por ahí haciendo de las suyas.
Mamá me dice que me vaya, que no vea el cadáver
porque tendré pesadillas. Pero yo me digo, qué más pesadilla que ver a la
simpática y buena persona de doña Adela muerta. Y me viene a la memoria su
sonrisa, sus ojos negros aleteando en su rostro; su palabra suave acompasado
con el canto de los pájaros, que de vez en cuando llegaban para verla. Su
vestido a las rodillas moviéndose con garbo entre los pocos muebles de su
prisión diaria. Pues, sólo se liberaba de esta cuando acudía al mercado y
regresaba rápido, temerosa de los celos del Charro, quien siempre le inventaba
amoríos para reprenderla.
Hago lo que mamá me ordena y regresó a casa y
tumbándome en el piso, me pongo a pensar qué habrá sentido doña Adela cuando el
Charro, su esposo, la molía a golpes.
La tarde está a punto de ahogarse entre las sombras.
En la televisión Pepe el Toro hilara su dolor abrazado a los restos
carbonizados del Torito. Fue el Tuerto quien le prendió fuego a su taller de
carpintero. Después de empujar al Camellito al paso del tranvía. Maldad tan vil
no había visto en mi corta vida. Aunque mi mente es un teflón donde resbalan
todo tipo de tragedias, de dolores y sufrimientos.
Nosotros los pobres, ustedes los ricos; los
olvidados hijos de Sánchez, que, hacinados en esta ciudad perdida, soñamos
algún día superar la miseria a la que fuimos arrojados, por ese dios que yace
dentro de la vitrina de cristal, el cual se niega a escuchar nuestras plegarias.
Descanse en paz doña Adela.
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