Hay momentos imposibles de olvidar. Como aquel beso adolescente. Lo recuerdo bien: La noche estaba demasiado iluminada como para ser noche. Emma me dijo que la viera a la salida de la panadería. Con el corazón palpitante llegué a la cita, situándome a buena distancia para advertir su presencia.
Transcurrieron los minutos que parecieron horas.
Inquieto, miraba hacia el interior de la panadería, sin encontrar el rostro de
Emma. Pasaron diez, quince, veinte minutos y desesperado, corrí a la esquina
para verla salir de su casa, pero el zaguán se hallaba cerrado como siempre. “A
lo mejor sus padres no la dejaron”, me dije. Pensé acercarme para tirar una
piedra a su ventana, pero reculé para no causarle alguna reprimenda, retornando
a mi posición frente a la panadería.
A la tercera mueca vi su largo cabello negro,
recorriendo los estantes de cuernos, conchas y biscochos. Dejé mi sitio para
tomar uno más estratégica, a modo que pudieran verme sus ojos de Scheherezade.
Cuando Emma salió de la panadería, caminó hacia su casa. Aceleré el paso para
alcanzarla. En cuanto me acerqué, ella se detuvo. Su aliento de aguamiel me
sublimaba, su olor a cereza. Su piel de canela bajo su blusa blanca. Sin
palabra de por medio nos besamos: yo me sentí volar en un ensueño, chapotear en
el mar de estrellas que repentinamente mutó en árbol navideño, parpadeando sus
lucecitas multicolores.
Cuando baje de la nube, Emma, ya se había marchado,
sin antes decirme: “Te veo el lunes, espérame en la esquina de esta calle”.
Regresé a
mi casa flotando, con la sensación de haber hecho un extenso viaje estelar y
llegado a un planeta extraño, donde había conocido a una diosa de ébano, de la
cual estaba totalmente enamorado.
Los días se hicieron largos, pero por fin llegó
lunes. Emperifollado me aposté en la esquina que Emma me había indicado. Esta
vez llegó puntual. “¡Vámonos!”, me ordenó. Haciendo la parada al autobús
trepamos. Cuando llegamos a Chapultepec nos adentramos en el bosque, hasta
encontrar un remanso. Nos acostamos en el pasto para besarnos. La pasión subió
de tono y mis dedos desabotonaron su blusa. Su hálito era cálido. Emma parecía
estar inmersa en otra dimensión, lejos de la mano dura y castrante de sus
padres, que no le permitían vivir y divertir sus años de muchacha. Posé mis labios
en la loma de sus senos, y luego, como un venado sediento, bajé río abajo de su
pezón rozado, del cual bebí. Después de ello todo fue sólo besos y más besos…
Besos al caminar hacia el Metro… Besos en el Metro… Besos en el autobús… Besos
y más besos antes de dejarla en la misma esquina en la que nos encontramos…
cuando la miré entrar y cerrar la puerta de su casa, me achicopalé como un
perro que, desde la reja de su claustro, ve a la cachorra de sus adentros
perderse de la mano de su dueño.
Galopó largo trecho el tiempo, como para que mi
juventud impetuosa se hubiera rezagado. Volví a ver a Emma o, mejor dicho, ella
me sugirió encontrarnos, pues tenía algo importante que proponerme. Cuando
arribé al lugar ella ya me esperaba. No puedo negar que su presencia me seguía
sublimando. Se veía nerviosa. “¿Cómo has estado?”, pregunté para destensar el
ambiente. “Bien”, me dijo, embadurnando el aire con su olor a cereza. “¿Qué
querías decirme?”, inquirí. Emma, tomando aliento y clavando sus grandes ojos
negros en los míos, como si fuera el último recurso para salvar su vida, lanzó:
“¡Llévame contigo a dónde quieras!”. Su ruego me tomó por sorpresa, pero si me
lo hubiera pedido años atrás, no me hubiera negado.
La vi alejarse lentamente por la noche, como si
cargara una enorme pena sobre sus hombros. Al doblar a la esquina, sólo
volví a saber de ella cuando alguien me contó de su suicidio, al no soportar
más el encierro al que sus padres la tenían sometida. Pobre Emma, pobre
muchacha: ¡Qué bonito es sentirse libre, volar sin que puerta alguna te lo
impida! Me confesó en Chapultepec, nuestras risas estallaban como dos mariposas
francas entre los ramajes. Me sentí abatido cuando me enteré de su partida y un
sentimiento de culpa me avasalló: ¿Sí hubiera aceptado llevarla conmigo a donde
ella quisiera? Pero la dejé caer al abismo del que deseaba salvarse. Han
transcurrido cuarenta y tantos años de ello, y la verdad, me gustaría volver
mirar el cielo estrellado de aquel mi primer beso, de aquel mi primer amor.
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