domingo, 23 de octubre de 2022

HAY MOMENTOS IMPOSIBLES DE OLVIDAR


Hay momentos imposibles de olvidar. Como aquel beso adolescente. Lo recuerdo bien: La noche estaba demasiado iluminada como para ser noche. Emma me dijo que la viera a la salida de la panadería. Con el corazón palpitante llegué a la cita, situándome a buena distancia para advertir su presencia.

Transcurrieron los minutos que parecieron horas. Inquieto, miraba hacia el interior de la panadería, sin encontrar el rostro de Emma. Pasaron diez, quince, veinte minutos y desesperado, corrí a la esquina para verla salir de su casa, pero el zaguán se hallaba cerrado como siempre. “A lo mejor sus padres no la dejaron”, me dije. Pensé acercarme para tirar una piedra a su ventana, pero reculé para no causarle alguna reprimenda, retornando a mi posición frente a la panadería.

A la tercera mueca vi su largo cabello negro, recorriendo los estantes de cuernos, conchas y biscochos. Dejé mi sitio para tomar uno más estratégica, a modo que pudieran verme sus ojos de Scheherezade. Cuando Emma salió de la panadería, caminó hacia su casa. Aceleré el paso para alcanzarla. En cuanto me acerqué, ella se detuvo. Su aliento de aguamiel me sublimaba, su olor a cereza. Su piel de canela bajo su blusa blanca. Sin palabra de por medio nos besamos: yo me sentí volar en un ensueño, chapotear en el mar de estrellas que repentinamente mutó en árbol navideño, parpadeando sus lucecitas multicolores.

Cuando baje de la nube, Emma, ya se había marchado, sin antes decirme: “Te veo el lunes, espérame en la esquina de esta calle”. Regresé a mi casa flotando, con la sensación de haber hecho un extenso viaje estelar y llegado a un planeta extraño, donde había conocido a una diosa de ébano, de la cual estaba totalmente enamorado.

Los días se hicieron largos, pero por fin llegó lunes. Emperifollado me aposté en la esquina que Emma me había indicado. Esta vez llegó puntual. “¡Vámonos!”, me ordenó. Haciendo la parada al autobús trepamos. Cuando llegamos a Chapultepec nos adentramos en el bosque, hasta encontrar un remanso. Nos acostamos en el pasto para besarnos. La pasión subió de tono y mis dedos desabotonaron su blusa. Su hálito era cálido. Emma parecía estar inmersa en otra dimensión, lejos de la mano dura y castrante de sus padres, que no le permitían vivir y divertir sus años de muchacha. Posé mis labios en la loma de sus senos, y luego, como un venado sediento, bajé río abajo de su pezón rozado, del cual bebí. Después de ello todo fue sólo besos y más besos… Besos al caminar hacia el Metro… Besos en el Metro… Besos en el autobús… Besos y más besos antes de dejarla en la misma esquina en la que nos encontramos… cuando la miré entrar y cerrar la puerta de su casa, me achicopalé como un perro que, desde la reja de su claustro, ve a la cachorra de sus adentros perderse de la mano de su dueño.

Galopó largo trecho el tiempo, como para que mi juventud impetuosa se hubiera rezagado. Volví a ver a Emma o, mejor dicho, ella me sugirió encontrarnos, pues tenía algo importante que proponerme. Cuando arribé al lugar ella ya me esperaba. No puedo negar que su presencia me seguía sublimando. Se veía nerviosa. “¿Cómo has estado?”, pregunté para destensar el ambiente. “Bien”, me dijo, embadurnando el aire con su olor a cereza. “¿Qué querías decirme?”, inquirí. Emma, tomando aliento y clavando sus grandes ojos negros en los míos, como si fuera el último recurso para salvar su vida, lanzó: “¡Llévame contigo a dónde quieras!”. Su ruego me tomó por sorpresa, pero si me lo hubiera pedido años atrás, no me hubiera negado.

La vi alejarse lentamente por la noche, como si cargara una enorme pena sobre sus hombros. Al doblar a la esquina, sólo volví a saber de ella cuando alguien me contó de su suicidio, al no soportar más el encierro al que sus padres la tenían sometida. Pobre Emma, pobre muchacha: ¡Qué bonito es sentirse libre, volar sin que puerta alguna te lo impida! Me confesó en Chapultepec, nuestras risas estallaban como dos mariposas francas entre los ramajes. Me sentí abatido cuando me enteré de su partida y un sentimiento de culpa me avasalló: ¿Sí hubiera aceptado llevarla conmigo a donde ella quisiera? Pero la dejé caer al abismo del que deseaba salvarse. Han transcurrido cuarenta y tantos años de ello, y la verdad, me gustaría volver mirar el cielo estrellado de aquel mi primer beso, de aquel mi primer amor.

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