En ninguna otra circunstancia le
ocurría, sólo cuando impartía su clase. Ya estaba harto de ello y de las burlas
que le ocasionaban dicha anormalidad. Deprimido, se sentó a contemplar el
crepúsculo vespertino y a pensar en una posible solución a su problema. Decenas
de ideas se agolparon en su cabeza, mas como ninguna le satisfizo, cogió su
portafolios y atravesando el atardecer regresó a su casa agotado de no saber
qué urdir para aliviar su situación.
Metió
la llave en la cerradura: del otro lado ya lo esperaba Manuela, su esposa.
Quien se arrojó a sus brazos con una ráfaga de besos. El mentor sintió los besuqueos
como agua fresca para su alma.
¾¿Cómo te fue en la escuela?
Sin
ocultar sus sentimientos, contestó:
¾Me volvió a ocurrir.
Manuela,
acongojada ante la respuesta de su esposo, sujetando su mano, lo llevó a la
sala:
¾Descansa mi vida, que yo sé de
alguien que te curará esa maldición.
El
profesor hizo lo que su mujer le ordenaba y dejándose caer en el sofá intentó
relajarse. En tanto lo hacía, Manuela le comentó de un médico en la zona de los
volcanes, que decían, curaba todo mal. Esta información animó al maestro, quien
exclamó:
¾¡Vamos a visitarlo de inmediato!
Se ajustaron sus
abrigos. Descolgaron las llaves del auto saliendo apresurados de su casa. El
auto voló hacia la zona de los volcanes, cruzando montes y montañas,
vegetaciones de todo tipo, curvas y libramientos. A pesar del alto costo de las
casetas, pagaban alentados que el médico prescribiera el remedio para su
extraño mal.
El auto no
aminoraba su galopada ni una micra. Con la noche tan cerrada el cosmos se
notaba reluciente. Allá la Osa Mayor, más acá la Osa Menor; acullá la estela de
la Vía Láctea: el universo en toda su plenitud.
¾¡Ya vamos a llegar!
Dijo Manuela, ante
la cada vez más cercana zona de los volcanes. Que se evidenciaba con el
empañamiento de los cristales. El mentor prendió la calefacción. A los lados de
la carretera, sobre el pasto, las manchas de nieve se hacían notar. De repente,
apareció ante sus ojos un arco con luces blancas. Más allá se escuchaba un
alboroto. El auto se apeó sobre el empedrado hasta alcanzar la plaza donde la
gente bailaba. Al notar el auto dejaron de hacerlo. Manuela pensó que su
intromisión los había molestando y sugirió a su esposo que virara el carro. Él
no hizo caso y avanzando se acercó a una pareja.
¾¡Perdone! ¿Me puede indicar cómo
llego al consultorio del médico que lo cura todo?
La mujer preguntó:
¾¿Quién los manda?
¾Nadie, vinimos por nosotros
mismos.
¾Si no vienen por nadie, regresen
por donde llegaron.
Manuela, guardando
su temor, habló:
¾Mire señito, si usted tuviera el
problema que tiene mi esposo y me preguntara por un buen médico para curarse,
yo no me negaría a decirle donde encontrarlo.
¾¿Qué es lo que tiene su marido?
Manuela le contó.
¾¡Y de qué tamaño se encoje!
Interrogó la mujer.
¾Más chiquito que un bebé de
brazos.
¾No pues sí que está grave el
asunto. Yo tenía un hermano que al igual que su esposo se achaparraba, tanto
que un día sin darme cuenta lo pisé. Mire siga el camino: como a unos cien
metros se encuentra el dispensario.
¾¡Gracias preciosa, que la vida te
lo pague doble!
La gente abrió paso
al auto. Cuando éste había recorrido ya media ruta al consultorio, nuevamente
se escuchó la algarabía.
¾¡Qué pueblo más feliz! Espetó
Manuela.
¾Como que tienen a un buen médico…
Una vez rodado los
metros encomendados, se presentó ante ellos un modesto jacal, con una puerta
angosta en la cual pendía un letrero que decía:
“Sean bienvenidos todos los
enfermos
del cuerpo y del alma. Aquí serán
curados”
El
maestro estacionó el auto. Apenas bajaron de éste la puerta se abrió
apareciendo tras de sí un rostro moreno y sonriente.
¾¿Qué se les ofrece? Preguntó.
¾Buscamos al doctor.
¾Pasen por favor.
El
matrimonio entró al jacal.
¾¡Siéntense!
Se
acomodaron en un par de sillas toscas. El lugar estaba lleno de santos y
veladoras; de cojines rojos con milagritos de plata y oro; de cristos
elaborados de distintos materiales. Y en una repisa de madera la imagen de la Coatlicue tallada en piedra.
¾Dile lo que tienes, Patricio.
Alentó Manuela.
¾¿Qué te ocurre buen hombre?
Preguntó el médico. Patricio un tanto cohibido, contó:
¾Resulta que soy maestro… Y cada
que doy clase me encojo. Esto me ha traído severos problemas… Ya que mis
alumnos, además de no respetarme, han intentado varias veces pisarme.
¾¡Ah! Ya entiendo… No eres
sanforizado.
¾¿Sanfori… qué?
¾Sanforizado.
¾¿Pero eso le ocurre sólo a la
ropa de algodón?
¾También a los seres humanos
cuando son suaves de carácter.
¾Ya caigo.
¾Seguramente la situación te
achica… Si no tienes inconveniente… Te sanforizaré…
Una
vez que el médico de aquel pueblo terminó de sanforizar al profesor, éste le preguntó
por su emolumento, este lo sorprendió diciéndole:
—Págame con una carta de
agradecimiento a Coatlicue.
—¿Cómo?
—De tu puño y letra y déjala en su
nichito.
El profesor solicitó al médico pluma y
papel, y agradecido como estaba le escribió a la Coatlicue una carta que le
brotó del alma, con decirles que hasta lágrimas escurrieron de sus ojos. Luego,
arrodillándose ante la escultura de piedra, alargó su brazo y la depositó en el
nicho. Incorporándose tendió la mano al médico, el cual la sujetó:
—En verdad no tengo palabras para
expresarle mi gratitud por sus atenciones, doctor. Sepa usted que me ha
liberado de una gran carga.
—Vaya usted con Dios y no vuelva a achicarse
jamás ante nadie.
El profesor y su esposa dejaron el consultorio.
Cuando volvieron a pasar ante la plaza, aún la gente bailaba y se divertía. La
misma señora que los oriento como llegar al consultorio del médico milagroso,
se parapetó ante el auto, preguntando:
—¿Cómo les fue con nuestro médico?
—¡De maravilla! Contestó Manuela.
—Pues, me da mucho gusto por ello. Les
deseo buen viaje de regreso a su casa y no me despido de ustedes porque sé que
nos volveremos a ver. La camioneta avanzó hasta dejar el empedrado, cuando se alejaron
de este, Manuela volteó percatándose de que en donde se encontraba el pueblo,
sólo había oscuridad y una melodía de chirimía empezó a oírse en el viento.
Al día siguiente, el profesor entró al
aula a dar su clase, pero esta vez no se achicó. La sanforizada lo había curado: ya nadie volvería a intentar pisarlo.
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