miércoles, 6 de julio de 2022

 

LA NIÑA Y SU HIPOTENUSA

 

La sonrisa murciélago de Armando Duvalier*, apareció de pronto en mi habitación. Cargando en sus hombros a la niña y su hipotenusa (niña harina, niña de vainilla, niña de clorofila, niña brisa, niña de anilina; niña de trementina). Plantándose bajo la bombilla, comenzó a meroliquear:

 

-¡Damas y caballeros! Les presento al joven dinosaurio el 26 de agosto. ¡Saluda! Así… ahora brinca… enséñales la pata de pescado. Ponte el frack de merolico y la cresta de roja cacatúa. Camina en zancos. Cloc… cloc…cloc… ¡Eres tan ave, tan eléctrico, tan lancha! Un… dos… un… dos… Mira, aquí hay un niño floreciendo, famélico, quemado. No lo despiertes que se le hizo tarde.

 

Después de su soliloquio, me sorprendió con su canto de marimba, con sus kakekotobas, sus makurakotobas, sus tankas y con sus hai kais, y dejando a la niña y su hipotenusa sobre el sofá, lloró amargamente.

-Sí, se lo voy a contar porque estoy un poco triste:

 

Hermosa era mi novia

quemando su petróleo de taberna;

yo adoraba sus ostiones sin ombligo,

sus gatos y sus muelas,

sus fósforos de vidrio

y me alegra que se sepa: hasta sus piojos.

Sí, mi novia fue una bicicleta náutica

(sollozó desanimado):

¿Ve ésta carta con nenúfares callados

a la orilla anocheciendo de mis válvulas?

Todavía tienen agua las esponjas

y se abren las compuertas,

pero no me pregunte cuando fui zapato

porque no voy a sollozar por cualquier motocicleta.

 

Dicho esto, se alegró y comenzó a cantar:

“¡Naranja dulce, limón partido dame un abrazo que yo te pido!”…

          La niña y su hipotenusa, se incorporó del sofá y sujetando mi mano me convido bailar. En la ventana, fisgoneaba la Luna, deseosa de entrar para disfrutar también de la fiesta. Como estábamos demasiado contentos, ante nuestra desatención, la Luna, enojada, se elevó como un globo por el aire y dándonos la espalda dejó de alumbrar. Eso a nosotros nos importó un comino, y seguimos divirtiéndonos hasta que nos cansamos de tanto brincar. De repente la voz de una maribámba, marimbámbala, marimbambá resonó en mis oídos. Y él volvió a despepitar:

 

          Hermano grillo, dame tu rueda enamorada

          para dársela a los niños.

          Hermano erizo, dame tu cajita

          de música ambidextra

          para dársela a los niños.

          Hermano mirlo, dame tu estufa cornamenta

          para dársela a los niños.

          Hermano cocodrilo, dame tu sonaja cebollera

          para dársela a los niños.

          Hermano chivo, dame tu pistola con aire motorista

          para dársela a los niños.

 

          Entonces dejó de cantar. La niña y su hipotenusa, liberó mi mano y dando un salto se acomodó de nuevo en los hombros de aquel poeta. Y antes de sumergirse en la noche, recitó su despedida:

 

          Ya no escuchéis mis cantinelas tristes

          ni los cuentos que he aprendido en las tabernas;

          poned jacintos a las válvulas del vértice

          y carbón al mastuerzo de la flauta;

          ¡volad a la patria de la nube,

          del pájaro y la nieve,

          la estrella y la esperanza!

 

          Al amanecer miré a un colibrí tejiendo con hilos de aire su nidito. Entonces me trepé a mi caracol y me fui a perseguir lampos de sol en el jardín.

 

*Poeta chiapaneco contemporáneo de Rosario Castellanos.

 

 

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