LA NIÑA Y SU HIPOTENUSA
La sonrisa murciélago de Armando Duvalier*, apareció de pronto en mi habitación. Cargando en sus hombros a la niña y su hipotenusa (niña harina, niña de vainilla, niña de clorofila, niña brisa, niña de anilina; niña de trementina). Plantándose bajo la bombilla, comenzó a meroliquear:
-¡Damas y caballeros! Les
presento al joven dinosaurio el 26 de agosto. ¡Saluda! Así… ahora brinca…
enséñales la pata de pescado. Ponte el frack de merolico y la cresta de roja
cacatúa. Camina en zancos. Cloc… cloc…cloc… ¡Eres tan ave, tan eléctrico, tan
lancha! Un… dos… un… dos… Mira, aquí hay un niño floreciendo, famélico,
quemado. No lo despiertes que se le hizo tarde.
Después de su soliloquio, me
sorprendió con su canto de marimba, con sus kakekotobas, sus makurakotobas, sus
tankas y con sus hai kais, y dejando a la niña y su hipotenusa sobre el sofá,
lloró amargamente.
-Sí, se lo voy a contar
porque estoy un poco triste:
Hermosa era mi novia
quemando su petróleo de
taberna;
yo adoraba sus ostiones sin
ombligo,
sus gatos y sus muelas,
sus fósforos de vidrio
y me alegra que se sepa:
hasta sus piojos.
Sí, mi novia fue una
bicicleta náutica
(sollozó desanimado):
¿Ve ésta carta con nenúfares
callados
a la orilla anocheciendo de
mis válvulas?
Todavía tienen agua las
esponjas
y se abren las compuertas,
pero no me pregunte cuando
fui zapato
porque no voy a sollozar por
cualquier motocicleta.
Dicho esto, se alegró y
comenzó a cantar:
“¡Naranja dulce, limón
partido dame un abrazo que yo te pido!”…
La niña y su hipotenusa, se incorporó del sofá y sujetando
mi mano me convido bailar. En la ventana, fisgoneaba la Luna, deseosa de entrar
para disfrutar también de la fiesta. Como estábamos demasiado contentos, ante
nuestra desatención, la Luna, enojada, se elevó como un globo por el aire y
dándonos la espalda dejó de alumbrar. Eso a nosotros nos importó un comino, y
seguimos divirtiéndonos hasta que nos cansamos de tanto brincar. De repente la
voz de una maribámba, marimbámbala, marimbambá resonó en mis oídos. Y él volvió
a despepitar:
Hermano grillo, dame tu rueda enamorada
para dársela a los niños.
Hermano erizo, dame tu cajita
de música ambidextra
para dársela a los niños.
Hermano mirlo, dame tu estufa cornamenta
para dársela a los niños.
Hermano cocodrilo, dame tu sonaja cebollera
para dársela a los niños.
Hermano chivo, dame tu pistola con aire motorista
para dársela a los niños.
Entonces dejó de cantar. La niña y su hipotenusa, liberó mi
mano y dando un salto se acomodó de nuevo en los hombros de aquel poeta. Y
antes de sumergirse en la noche, recitó su despedida:
Ya no escuchéis mis cantinelas tristes
ni los cuentos que he aprendido en las tabernas;
poned jacintos a las válvulas del vértice
y carbón al mastuerzo de la flauta;
¡volad a la patria de la nube,
del pájaro y la nieve,
la estrella y la esperanza!
Al amanecer miré a un colibrí tejiendo con hilos de aire su
nidito. Entonces me trepé a mi caracol y me fui a perseguir lampos de sol en el
jardín.
*Poeta chiapaneco
contemporáneo de Rosario Castellanos.
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