JEREMÍAS EL BUENO
Jeremías era
un hombre bueno y amable con los demás. Todos le tenían confianza, y cuando
requerían de un consejo o pedirle favor, sin temor alguno acudía a él, sabiendo
de antemano que éste se los concedería sin remilgo. Jeremías era feliz
sabiéndose querido. Pero un día cometió algo que lo puso al filo del
precipicio, y que por temor a ver enlodada su reputación, lo guardó en secreto.
Mas, como se sabe, el rostro refleja lo que alma tiene, todos le preguntaban
por qué si tenía sonrisa, sus ojos estaban tristes. Éste contestaba: “Anda,
anda, que no me pasa nada”.
Su esposa que era perspicaz y muy
celosa, ante sus largos silencios y su poco interés por ella, le preguntó: ¿Tú
me ocultas algo? Y Jeremías contestó: “Anda, anda, ya duérmete que no me pasa
nada, solo estoy cansado”. Pero ante el alargado cansancio de su marido, la
mujer se inquietó tanto que no aguantando más, y dura de carácter como era, lo
emplazó a decirle la verdad. Jeremías, volvió a decir: “Anda, anda, que no me
pasa nada mujer; y mejor estate ya tranquila”. Pero la mujer le siguió
inquiriendo, hasta que sacó a Jeremías de sus casillas, y por primera vez en
veinte años, se escucharon gritos en su casa, los cuales, desde el amanecer
hasta la noche, fueron comentario en todo el vecindario.
-Jeremías
tiene líos con su esposa.
-Al bueno de
Jeremías, ya le salió lo malo.
-Dicen que
Jeremías desde hace tiempo que no atiende a su mujer.
-¡Vaya con ese
Jeremías, quién iba a pensar que tuviera mal humor!
La
reputación tan cuidada por Jeremías estaba siendo pisoteada, y el buen
samaritano no podía permitirlo. Para ello, una vez que lo hubo razonado, tomó
su mochila de viaje, le metió un par de mudas, se ajustó sus botas rudas, y
tras despedirse amorosamente de sus hijos ya crecidos, salió de su casa sin que
hasta la fecha nadie lo volviera a ver.
Yo me lo encontré un día en una
encrucijada. Este se acercó a mí para aconsejarme enfundado en larga barba
negra: “Cualquier destino que elijas, tiene el bien y el mal”. Era verdad, ya
que en el camino por el cual venía yo, lo mismo me había encontrado la bondad
que la avaricia; el horror que la alegría; el odio que el amor. Ningún lugar
está exento de ello. Antes de partir por cualquiera de los dos caminos, nos
sentamos a conversar, en una de esas, éste me contó las razones de su vagancia:
“Yo era un hombre bueno, lleno de solidaridad para mis semejantes. Era un
hombre apreciado y querido por todos, un samaritano que aconsejaba hasta a los
más desesperados. Hasta que me enamoré de una hermosa mujer, que me exigía
vivir con ella. Como yo la amaba, no quería negarme, pero el apego a mi esposa
y a mis hijos era demasiado, y me sumí en contradicción y una depresión que
casi me roba la vida. Cuando mi mujer, estaba a punto de enterarse por mi
propia boca lo que me ocurría. Tomé la resolución de marcharme para siempre de
su lado. Pues pensé: yo no tengo el derecho de herir a nadie, porque el único
responsable de todo estoy soy yo. La tristeza de ambas era mucho más grande que
mi propia tristeza, y para ser justo… tendría que vivir solo y así lavar mis
culpas”.
De esa manera, Jeremías, terminó su
relato, y yo, como ya lo dije, que venía de un camino en el que me había topado
con todo tipo de controversias y pesares, dije al consejero: regresa a tu
comunidad, que ya has espiado todas tus culpas. Te lo digo yo que de tanto
caminar he conocido casos como el tuyo, en los que suceden las más terribles
tragedias: la esposa o el esposo furioso que mata al amante; el hombre
atribulado que se quita la vida para acallar sus culpas; la amante despechada
que… en fin...dramas propios de una obra de teatro… que no terminan con la
inteligencia con que lo hiciste tú. Para estos momentos, tu esposa y la mujer
que amaste, ya deben haber vuelto a la tranquilidad; y tal vez hasta ya estén
casadas. Y te juro por mí, que cuando te vean, ningún reproche te harán, y tú
comunidad que tanto te quiere y necesita, te recibirá con los brazos abiertos.
Jeremías, frunciendo el entrecejo,
despidiéndose de mí, regreso sus pasos y se alejó hasta perderse en el fondo de
mi ojos. Me cuentan algunos viandantes que lo han conocido, que éste vive
feliz, apreciado por su vecindario, por lo bueno, solidario y excelente
consejero que sigue siendo. Que se cortó la barba… Y que contrajo matrimonio
nuevamente… ¿Y con quien creen? ¡Sí! Con la mujer que él amaba
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