MUJER
DE ARTEAGA
Los
chismes y las noticias son como el viento: llegan a donde menos se les espera.
Arteaga, ya desde entonces intuía que no era la sumisa que aparentaba ser, que
detrás de ello había una diabla capaz de incendiar a mil hombres. Por eso la
celaba tanto, por eso no permitía que ninguno se le acercara, o se dirigiera a
ésta sin pedirle permiso. Y cuando ella rompía la regla, Arteaga la increpaba
sin importarle el lugar o la ocasión en la que se hallara. Ante esto, su mujer
sumía la testa guardando sepulcral silencio, que omitía sólo cuando su esposo
se lo ordenaba.
Yo
para no contrariarlo y exacerbar su animalidad, procuraba nunca dirigirme o
siquiera mirarla de frente, que, siendo verdadero, costaba trabajo, por lo bella
que era: recuerdo sus ojos melancólicos, su testuz sensual y coqueto, su nariz
refinada y su boca del tamaño de muchos besos.
Arteaga
y yo éramos amigos de confianza, y a veces cuando ya estaba cayéndose de
briago, me pedía que bailara con su mujer para que no se aburriera de estar
sentada. “No cómo crees, no quiero ofenderte”, le decía yo de dientes para
afuera porque en mi interior me moría de ganas. Arteaga insistía: “Anda,
hombre, pero nada más cuidadito con insinuarle algo, porque ya sabes que eso
nomás yo”. Ante la reiteración de mi camarada, solícito le pedía a su esposa
bailar conmigo, y ésta, tomándose de mi mano, se incorporaba de su asiento,
dejándose conducir a la pista de baile. Arteaga nos miraba desde la mesa,
escudriñando cada uno de nuestros movimientos para observar que no fuéramos
hacer algo indebido.
Terminando
la pieza musical retornábamos junto a Arteaga, donde su mujer volvía a ser la
estatua de siempre.
Fue
de esa forma que nació lo nuestro. Yo sintiendo el sudor de su mano en la mía,
y ella percibiendo mi nerviosismo cada vez que, al dar un giro, un
imperceptible roce ocurría entre nosotros. Recuerdo el día en que se atrevió a
murmurarme algo. Arteaga se incorporó para ir al inodoro, entonces ella
aprovechó para decirme: “Es usted un hombre amable y guapo”. El color se
desbordó de mis mejillas, y sólo alcancé a balbucear: “Gracias”, ya que Arteaga
retornó en ese instante.
Ese
fue el inicio de nuestro romance, sin perder la mínima oportunidad para
halagarnos hasta llegar a lo que inevitablemente teníamos que llegar. Así fue
como descubrí que la consorte de Arteaga no era lo que fingía ser frente a su
marido: que era toda una diabla.
En
cuanto se descuidó Arteaga, ésta, introduciendo lascivamente en su boca de mil
besos uno de sus dedos, me soltó: “¿Qué te parecería verme en neglige rojo a
solas?”. No pude contestarle, ya que Arteaga me hizo una seña para que acudiera
a donde éste se hallaba.
Ese
día nos encontrábamos en una fiesta de fin de año con nuestros compañeros de
trabajo. Bebí y me divertí tanto, que no recuerdo el momento en que me entregó
un recado, donde me planteaba vernos a escondidas.
Llegó
puntual a la cita, ataviada con un vestido escotado que dejaba distinguir parte
de sus medianos senos. Me emocionó verla, y ella descubriéndolo se estrechó a
mi cuerpo y me lamió el rostro. Luego, enseñándome una bolsa de plástico que
portaba en una de sus manos, me dijo: “Aquí adentro está lo que te prometí,
¿dónde me lo pongo?”.
El
rojo de la seda hacía juego con el blanco de su dermis. Se miraba tremendamente
sensual y excitante, más con ese color uva brillando en sus labios. “¿Qué me
vas ha hacer?, susurró con acento de niñita precoz y melosa. Yo me acerqué a
ella, y tomándole la mano, la conduje hacia la cama. Mientras me quitaba la
ropa, ésta no dejaba de rumiar y de lamerse las manos como una gatita. La
escena me erotizó tanto que, en cuanto estuve desnudo, salté sobre ella para
entregarnos a la lujuria; la gatita al fin diabla, se mostró tal y como era,
llevándome al placer más absoluto que jamás haya experimentado.
Ese
fue el inicio de nuestro tórrido romance, en tanto yo seguía frecuentando y
acompañando a Arteaga a todas sus borracheras, evitando no transgredir sus
normas respecto a su mujer; comunicándome con ella a través de gestos y miradas
secretas, que se explayaban en cuanto Arteaga se apartaba de nosotros. También
por medio de cartitas apasionadas, como la que me entregó una noche cualquiera:
“En
este momento son las siete treinta de la mañana, y me veo al espejo para dar
los últimos retoques a mis ojos y boca; la cual, déjame te digo, la siento muy
sensual, y deseo tener tus labios en ella, porque es un deleite estar contigo.
Eres buen amante en verdad. Creo que muchas mujeres desearían que alguien las
amara como tú lo haces conmigo. Yo lo sé y disfruto, gozo con tu sexo: mira
ahora que te lo digo me acomodo en esta silla imaginando estar, como tú dices,
volando entre tus piernas”.
Atentamente: Tu Gatita
Esa era, es la mujer de Arteaga, una
diabla con un magma erótico que nunca acaba de fluir, y que, si éste se hubiera
dado cuenta de ello, en vez de celarla tanto, seguramente sería feliz. No como
ahora dicen que es, un hombre amargado y atado a la enfermedad, obsesionado por
saber lo que hace su mujer todas las tardes que sale, con su negligee rojo.
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