miércoles, 6 de julio de 2022

 

MUJER DE ARTEAGA

 Hace años que no veo a Arteaga, pero me han contado que es un costal de huesos. Que su alcoholismo se convirtió en diabetes, y que su acendrado machismo ahora es un chisguete de nada, que lo tiene postrado en la angustia por no saber a dónde se escapa todas las tardes su esposa.

          Los chismes y las noticias son como el viento: llegan a donde menos se les espera. Arteaga, ya desde entonces intuía que no era la sumisa que aparentaba ser, que detrás de ello había una diabla capaz de incendiar a mil hombres. Por eso la celaba tanto, por eso no permitía que ninguno se le acercara, o se dirigiera a ésta sin pedirle permiso. Y cuando ella rompía la regla, Arteaga la increpaba sin importarle el lugar o la ocasión en la que se hallara. Ante esto, su mujer sumía la testa guardando sepulcral silencio, que omitía sólo cuando su esposo se lo ordenaba.

          Yo para no contrariarlo y exacerbar su animalidad, procuraba nunca dirigirme o siquiera mirarla de frente, que, siendo verdadero, costaba trabajo, por lo bella que era: recuerdo sus ojos melancólicos, su testuz sensual y coqueto, su nariz refinada y su boca del tamaño de muchos besos.

          Arteaga y yo éramos amigos de confianza, y a veces cuando ya estaba cayéndose de briago, me pedía que bailara con su mujer para que no se aburriera de estar sentada. “No cómo crees, no quiero ofenderte”, le decía yo de dientes para afuera porque en mi interior me moría de ganas. Arteaga insistía: “Anda, hombre, pero nada más cuidadito con insinuarle algo, porque ya sabes que eso nomás yo”. Ante la reiteración de mi camarada, solícito le pedía a su esposa bailar conmigo, y ésta, tomándose de mi mano, se incorporaba de su asiento, dejándose conducir a la pista de baile. Arteaga nos miraba desde la mesa, escudriñando cada uno de nuestros movimientos para observar que no fuéramos hacer algo indebido.

          Terminando la pieza musical retornábamos junto a Arteaga, donde su mujer volvía a ser la estatua de siempre.

          Fue de esa forma que nació lo nuestro. Yo sintiendo el sudor de su mano en la mía, y ella percibiendo mi nerviosismo cada vez que, al dar un giro, un imperceptible roce ocurría entre nosotros. Recuerdo el día en que se atrevió a murmurarme algo. Arteaga se incorporó para ir al inodoro, entonces ella aprovechó para decirme: “Es usted un hombre amable y guapo”. El color se desbordó de mis mejillas, y sólo alcancé a balbucear: “Gracias”, ya que Arteaga retornó en ese instante.

          Ese fue el inicio de nuestro romance, sin perder la mínima oportunidad para halagarnos hasta llegar a lo que inevitablemente teníamos que llegar. Así fue como descubrí que la consorte de Arteaga no era lo que fingía ser frente a su marido: que era toda una diabla.

          En cuanto se descuidó Arteaga, ésta, introduciendo lascivamente en su boca de mil besos uno de sus dedos, me soltó: “¿Qué te parecería verme en neglige rojo a solas?”. No pude contestarle, ya que Arteaga me hizo una seña para que acudiera a donde éste se hallaba.

          Ese día nos encontrábamos en una fiesta de fin de año con nuestros compañeros de trabajo. Bebí y me divertí tanto, que no recuerdo el momento en que me entregó un recado, donde me planteaba vernos a escondidas.

          Llegó puntual a la cita, ataviada con un vestido escotado que dejaba distinguir parte de sus medianos senos. Me emocionó verla, y ella descubriéndolo se estrechó a mi cuerpo y me lamió el rostro. Luego, enseñándome una bolsa de plástico que portaba en una de sus manos, me dijo: “Aquí adentro está lo que te prometí, ¿dónde me lo pongo?”.

          El rojo de la seda hacía juego con el blanco de su dermis. Se miraba tremendamente sensual y excitante, más con ese color uva brillando en sus labios. “¿Qué me vas ha hacer?, susurró con acento de niñita precoz y melosa. Yo me acerqué a ella, y tomándole la mano, la conduje hacia la cama. Mientras me quitaba la ropa, ésta no dejaba de rumiar y de lamerse las manos como una gatita. La escena me erotizó tanto que, en cuanto estuve desnudo, salté sobre ella para entregarnos a la lujuria; la gatita al fin diabla, se mostró tal y como era, llevándome al placer más absoluto que jamás haya experimentado.

          Ese fue el inicio de nuestro tórrido romance, en tanto yo seguía frecuentando y acompañando a Arteaga a todas sus borracheras, evitando no transgredir sus normas respecto a su mujer; comunicándome con ella a través de gestos y miradas secretas, que se explayaban en cuanto Arteaga se apartaba de nosotros. También por medio de cartitas apasionadas, como la que me entregó una noche cualquiera:

 

          “En este momento son las siete treinta de la mañana, y me veo al espejo para dar los últimos retoques a mis ojos y boca; la cual, déjame te digo, la siento muy sensual, y deseo tener tus labios en ella, porque es un deleite estar contigo. Eres buen amante en verdad. Creo que muchas mujeres desearían que alguien las amara como tú lo haces conmigo. Yo lo sé y disfruto, gozo con tu sexo: mira ahora que te lo digo me acomodo en esta silla imaginando estar, como tú dices, volando entre tus piernas”.

 

Atentamente: Tu Gatita

 

Esa era, es la mujer de Arteaga, una diabla con un magma erótico que nunca acaba de fluir, y que, si éste se hubiera dado cuenta de ello, en vez de celarla tanto, seguramente sería feliz. No como ahora dicen que es, un hombre amargado y atado a la enfermedad, obsesionado por saber lo que hace su mujer todas las tardes que sale, con su negligee rojo.

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